—¿Está abierta al público? —preguntó Camila, con ganas de ir.
El encargado negó con la cabeza.
—No, es privada.
—Qué lástima.
Daisy la consoló:
—Si tanto te gusta, puedo averiguar si la venden.
Camila se quedó muda.
Ella solo quería verla, ¡no comprarla! Pero bueno, tener una mejor amiga millonaria... ¡era otro nivel!
Mientras Camila seguía buscando conchas, Daisy miró a lo lejos y notó que desde ese ángulo se veía perfectamente dónde se unían las dos islas. Era curioso, con razón le decían Isla del Beso.
Buscó el mejor ángulo, tomó un par de fotos y, de buen humor, las subió a Instagram.
Regresaron al hotel cuando se cansaron. Manolo había vuelto de pescar y trajo un montón de mariscos, así que el chef les preparó un festín.
Camila se sobó la panza.
—La pasé genial, pero bajar esto va a ser una tortura.
Manolo no entendía.
—Pero si no estás gorda, ¿qué vas a bajar?
—Soy modelo, ¿tienes idea de lo cruel que es la industria?
—¿Qué tan cruel? Cuéntame —dijo Manolo, que nunca dejaba caer una conversación.
Con él ahí, Camila no tenía tiempo para deprimirse, lo cual aliviaba bastante a Daisy.
Nina le mandó un mensaje a Daisy preguntando si podía acompañarla a su competencia pasado mañana. Daisy aceptó. Últimamente había estado tan ocupada con Camila que había descuidado a Nina y se sentía un poco culpable.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Siete Años para Olvidar