La mirada de Oliver se volvió gélida.
—Porque se metió con Daisy.
Luis entendió de inmediato.
Cuatro costillas rotas... se las había ganado a pulso.
***
Al día siguiente, cuando Daisy acompañó a Camilo a la fiesta de cumpleaños de la familia Paredes, Luciana no se separaba de Federico Paredes.
Había cambiado por completo su estilo: traía un vestido elegante de terciopelo blanco. Sobre la tela, unas orquídeas bordadas en tonos tan tenues que parecían desvanecerse en la niebla matutina.
Era muy elegante.
Pero también inquietantemente familiar.
Daisy descifró la estrategia de Luciana al instante: estaba imitando descaradamente la forma de vestir y arreglarse de la difunta señora Ferrer.
Hasta Camilo detuvo el paso.
Daisy lo escuchó susurrar un nombre con voz apenas audible:
—Alma.
Federico, al ver a Camilo, sonrió de inmediato y lo saludó:
—¡Camilo! Qué bueno que llegaste.
Luciana se giró, y al mirar a Camilo, sus ojos brillaron de júbilo.
—Camilo.
Pero cuando su mirada se posó en Daisy, se afiló como una daga.
Aquello era una burda imitación. Aunque se pareciera físicamente a la señora Ferrer y copiara su ropa, entre ella y la difunta esposa de Camilo había un abismo de diferencia.
Camilo también lo notó; Su mirada se volvió filosa; ignoró a Luciana por completo. Ignoró a Luciana por completo, saludó brevemente a Federico y llevó a Daisy a su asiento sin voltear a ver a la mujer ni una sola vez más.
Luciana se sintió humillada y le agarró todavía más odio a Daisy. Estaba convencida de que Camilo no la miraba por culpa de esa intrusa.
Daisy no olvidó el propósito de la noche y mantuvo una interacción cariñosa con Camilo todo el tiempo. Mientras tanto, recibía miradas asesinas de Luciana a cada momento.
—Oli, dame la copa, la vas a romper si sigues apretando así.
Oliver aflojó el agarre.
—Mejor toma agua —sugirió Luis.
No terminó la frase cuando Oliver le quitó la botella y se sirvió vino hasta el borde. Y justo cuando Luis iba a decirle que le bajara, Oliver se lo bebió de un solo trago.
Luis suspiró.
—Híjole...
¡A ese paso se iba a poner hasta atrás!
—Oli...
—A ella no le gusta pelar camarones —murmuró Oliver con voz sombría—. No le gusta ningún marisco que tenga que pelar con las manos, porque odia que se le quede el olor en los dedos.
Y sin embargo, ahí estaba ella, pelándole los camarones a Camilo.

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