A Luis le cayó el veinte de golpe.
Había sido hace como diez años, una eternidad. Fue el segundo año después de que Oliver regresó al país. Luis iba a verlo seguido.
En ese entonces, Oliver apenas empezaba su empresa y las condiciones eran precarias. Rentaba una oficina en el último piso de un edificio viejo, donde te congelabas en invierno y te asabas en verano.
Hubo una temporada en la que Oliver le pedía que comprara montones de mariscos y se los llevara. Pero no se los comía; solo se pasaba horas pelando camarones y cangrejos.
Todo lo que pelaba terminaba en el estómago de Luis y de Fernando Vargas. Luis quedó tan asqueado que, por un buen tiempo, ver mariscos le provocaba náuseas. Por eso recordaba el incidente con tanta claridad.
Luis y Fernando le preguntaron qué le pasaba. Oliver dijo que era por el estrés del emprendimiento, que pelar mariscos lo relajaba.
Los dos mensos se lo creyeron.
Hasta ahora entendía la verdad. ¿Cuál estrés ni qué nada? El muy cabrón sabía que a Daisy no le gustaba ensuciarse las manos, así que estaba practicando en secreto para hacerlo por ella.
—Oli, ¿no me digas que desde entonces ya te gustaba Daisy? —preguntó Luis, soltando la duda que lo carcomía.
Oliver se terminó la copa de vino antes de responder.
—Desde antes.
Luis se quedó helado.
¿Desde antes?
¿Entonces desde cuándo? Oliver lo había ocultado demasiado bien. Ni Daisy se había dado cuenta, ni ellos, que eran sus amigos de toda la vida.
—Si hiciste tanto por ella, ¿por qué nunca se lo dijiste? —preguntó Luis, extrañado.
—¿Decirle qué? Son pequeñeces sin importancia.
Siguió sirviéndose vino, con la mirada baja y los ojos oscuros como un pozo sin fondo.
—Además, ¿con qué derecho iba a arrastrarla a mi desastre?
—Si pensabas así, ¿entonces para qué te metiste con ella?
Oliver apretó la copa, y su voz sonó rasgada, como si el viento la rompiera.



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