Daisy intentó resistirse.
Afuera se escuchaban pasos apresurados.
—¡Corrió hacia allá! ¡Búsquenlo!
—¡Se atrevió a patear a la hija de los Paredes a la alberca! ¡Cuando lo agarremos, va directo a la delegación!
Daisy se quedó inmóvil del susto.
Eso le facilitó las cosas a Oliver.
Bajó la cabeza y hundió el rostro en el cuello desnudo de ella. Era su punto débil. Su respiración caliente golpeaba contra su piel, provocando que un escalofrío recorriera todo el cuerpo de Daisy.
—¡Que me sueltes!
Por miedo a alertar a los guardias, Daisy tuvo que susurrar la advertencia entre dientes.
Oliver, lejos de detenerse, se volvió más atrevido. No solo no la soltó, sino que rozó con la punta de la lengua la piel que acababa de hacer temblar.
La mente de Daisy estalló. Sintió como si algo detonara dentro de ella.
—¡Estás borracho, no hagas estupideces!
—Precisamente porque estoy borracho es que te extraño tanto.
El alcohol hacía que su voz sonara rasposa. Apretó su agarre en la cintura de ella y, sin ningún miramiento, la besó.
No fue un beso suave. Fue brusco, desesperado, como si quisiera borrarlo todo a la fuerza.
Daisy intentó abrir la boca para detener su locura, pero él aprovechó la oportunidad para invadirla, enredando su lengua con la de ella.
Daisy se sentía mareada, esa sensación de falta de oxígeno le resultaba extraña y familiar a la vez. Sentía la lengua entumecida y los nervios a flor de piel.
Afuera, los guardias seguían buscando. Adentro, la pasión ardía sin control.
A Daisy se le heló el cuerpo. El frío de la pared en la espalda la hizo reaccionar.
Abrió la boca y, en el momento en que Oliver profundizaba el beso sin importarle nada, mordió con fuerza.
El hombre soltó un gemido ahogado y el sabor metálico de la sangre se esparció en sus bocas.
Se separó apenas unos milímetros, pero siguió manteniéndola prisionera en sus brazos. Su respiración era aún más agitada y caliente que antes.
Estaban tan pegados que, en el forcejeo, ella pudo sentir el cambio en el cuerpo de él.



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