Daisy aprovechó el momento para liberarse de su abrazo.
Con calma, se arregló el vestido que él había desordenado.
Afuera se escucharon pasos de nuevo, y alguien la llamaba.
Era Camilo.
Esa voz devolvió a Oliver a la realidad de golpe.
Daisy abrió la puerta y salió sin mirar atrás, dejándolo ahí.
El dolor en la lengua mordida y los rasguños en la piel por fin se hicieron presentes, pero no eran ni la milésima parte del dolor que sentía en el pecho. Así se sentía escuchar un «ya no te amo».
Cuando Camilo encontró a Daisy, notó que algo andaba mal. Y también... vio las marcas rojas en su hombro.
No preguntó nada. Solo se quitó el saco y se lo puso sobre los hombros.
—Vámonos.
—Pero la fiesta... —Daisy se preocupó de que fuera grosero irse así.
—No importa —dijo Camilo.
Ni siquiera se despidió de Federico; se llevó a Daisy directamente.
El incidente de Luciana en el estanque hizo que la fiesta terminara antes de tiempo.
Federico estaba furioso. En cuanto entró a la habitación, corrió a los empleados para quedarse a solas con Luciana. Cuando quedaron solos, le gritó a Luciana:
—¿Qué clase de escándalo es este? ¿Olvidaste lo que te dije?
Luciana, con los ojos rojos y haciéndose la víctima, sollozó:
—¡Es que tengo celos! ¡No soporto ver a Camilo con otra mujer!
Federico la señaló con el dedo:
—Mírate nada más, con esa actitud, ¿quién te va a querer?
La madre de Luciana y segunda esposa de Federico, Emilia Correa, entró en ese momento.
—Ay, ya no la regañes, pobrecita, hoy sufrió mucho.
—Toma, bébete algo caliente y abrígate para que no te vayas a enfermar —dijo Emilia, tratando de calmarla.

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