La sonrisa de cortesía en el rostro de Jimena se congeló al instante, sintiendo cómo se le caía la cara de vergüenza. Salma no estaba mucho mejor.
—Director Olmo, ¿no se habrá equivocado...? —balbuceó Salma.
El director Olmo les informó con seriedad: —Aunque LAU nunca ha hecho pública la identidad de su propietaria, si hubieran hecho una investigación de marca básica, lo habrían descubierto. La dueña de LAU es, efectivamente, la señora Camila.
Jimena y Salma prácticamente huyeron de la oficina. Al salir de LAU, sus caras eran un poema.
Jimena estaba furiosa. —¡¿Cómo hiciste la investigación?! ¿Por qué no averiguaste que la dueña de LAU era Camila? ¡Me hiciste pasar una vergüenza horrible!
Salma se sintió agraviada. —Para completar todo el proceso de investigación se necesita al menos un mes, fuiste tú la que no quiso esperar e insistió en venir hoy...
—¿Ahora me vas a echar la culpa a mí? —Jimena le lanzó una mirada fulminante.
Salma prefirió callarse. Además, ¿quién iba a imaginar que Camila sería la dueña de LAU?
Jimena, con una rabia que no tenía dónde descargar, le dio una patada a la llanta del coche. —¡¿Qué pinche suerte tiene esa mujer?! ¡Resulta que abrió su propia empresa! ¡Y una empresa así de grande!
—Seguro fue gracias al presidente Jiménez —opinó Salma.
Jimena pensaba lo mismo, y eso la ponía aún más celosa. Salma aprovechó para manipularla un poco: —Deberías pedirle al presidente Jiménez que te ayude a ti también. Cuando tengas tu propio capital, ser una estrella famosa será pan comido.
Jimena se sintió tentada. En el camino de regreso, iba planeando cómo usar los recursos de Pedro para elevar su estatus. Aún no había ideado un plan cuando Salma, que estaba revisando internet, soltó un grito ahogado.
Jimena frunció el ceño. —¿Por qué tanto escándalo?
Salma, pálida como un fantasma, murmuró: —¡Pasó algo grave!
Salma llevaba casi veinte años en la industria y había visto de todo. Para que perdiera la compostura de esa manera, debía ser algo serio.
Jimena le arrebató el celular y su expresión se petrificó al instante.
—¿Cómo es posible?



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