—¿Acaso piensas que es una niña muy linda, educada y atenta por decirte, sin rencores, cuándo es mi cumpleaños? ¿Crees que por eso no debería despreciar su «buena voluntad» y aceptar los regalos que eligió con tanto esmero? —preguntó Camila a Pedro, no con enojo, sino con una sonrisa.
Pero en su tono había mucho más sarcasmo que alegría.
A Pedro le reventaba que Camila usara ese tono; su mirada se volvió gélida.
—¿Ya ni siquiera sabes hablar bien?
Camila soltó una risa burlona.
—Pues trato a la gente como gente y a los perros como perros, ¿no?
—Si ella es tan buena persona, ¿no te dijo que yo nunca celebro mi cumpleaños?
—Pedro, ¿sabes por qué pedí el divorcio sin pelear bienes? ¡Para que te quedes el dinero y te revisen la cabeza!
Tras soltarle eso, Camila no se quedó ni un segundo más y se largó.
A Pedro se le endureció la cara.
Jimena apretó la bolsa de regalos con fuerza, haciéndose la víctima.
—Pedro, creo que mi prima malinterpretó las cosas otra vez. ¿Quieres que vaya a explicarle? No quiero que el malentendido crezca, ni que hayas hecho el viaje en balde.
Hizo una pausa a propósito, midiendo la reacción de Pedro.
Pero esperó en vano; Pedro no respondió.
Él estaba con el ceño fruncido, pensando en algo, y parecía no haberla escuchado siquiera.
Jimena apretó los dientes, sacó su celular y dijo:
—Mejor le mando un mensaje para disculparme.
—No hace falta —dijo Pedro con frialdad, y luego preguntó—: ¿Por qué ella no celebra su cumpleaños?
El corazón de Jimena dio un vuelco.
Odiaba que Pedro centrara su atención en Camila.
Se mordió el labio y respondió con vaguedad:
—Creo que es por mi tía... Yo era muy chica entonces, no me acuerdo bien.
Para su suerte, Pedro no indagó más y salió tras Camila con cara de pocos amigos.
Por supuesto, no la alcanzó.
El coche que recogía a Camila ya estaba esperando afuera; ella se subió y se fue en cuanto salió.
Pedro solo alcanzó a ver las luces traseras del auto alejándose.
Se quedó parado mirando la dirección en que se había ido, con el rostro sombrío y una irritación inexplicable.
No sabía por qué, pero sentía que Camila era diferente a la de antes.
—Sí.
—¿Fuiste con la mosca muerta de Jimena otra vez?
Pedro hizo una pausa y explicó:
—Vine a celebrar el cumpleaños de Camila.
La abuela soltó una risa incrédula.
—Seguro fue idea de Jimena que vinieras a «celebrarle», ¿verdad?
Pedro no entendía qué crimen había cometido para que todo el mundo le hablara con ese sarcasmo.
Podía reclamarle a Camila, pero no podía decirle nada a su abuela.
Así que se tragó el coraje y dijo:
—Jimena lo hizo con buena intención. Vio que no estábamos bien y me dio la idea para ayudar, no tuvo mala fe.
—Empiezo a sospechar que cuando tu madre te parió se le olvidó darte cerebro. ¡Si le prestaras un mínimo de atención a mi niña, sabrías que ella no celebra su cumpleaños porque ese día es el aniversario luctuoso de su madre!
A Pedro se le cerró el pecho, como si se quedara sin aire.
Pasó un buen rato antes de que pudiera hablar, y su voz finalmente delató algo de nerviosismo:
—Yo... de verdad no lo sabía...

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