Lo primero que Daisy vio al entrar fueron las gotas de sangre en el piso.
Frunció el ceño y clavó la mirada en Oliver.
—¿Qué está pasando?
La enfermera no dudó en acusarlo de inmediato:
—Dice que ya se siente bien y que se quiere ir de alta.
Al ver que Oliver evitaba hacer contacto visual con ella, Daisy entendió la situación.
Se volvió hacia la enfermera y le dijo:
—Yo me encargo, muchas gracias.
La enfermera, feliz de librarse del problema, salió corriendo del cuarto.
Una vez que se quedaron a solas, Oliver habló con tono apagado:
—No tienes que preocuparte por mí. Estoy bien.
Ese comentario irresponsable terminó de encenderla.
¡Los médicos habían estado tres horas salvándole la vida la noche anterior!
Ella todavía no podía quitarse de la cabeza la imagen de él cubierto de sangre...
—¡A ver, Oliver! ¿Puedes usar la cabeza un segundo? ¿Puedes dejar de jugar con tu vida? ¿Qué demonios hacías atravesándote en ese momento? ¿Te das cuenta de que casi te matan? ¿Acaso no tienes sentido de supervivencia?
Daisy ya estaba encarrerada y soltó toda la furia y la angustia que llevaba atoradas en el pecho.
—¡Te lo juro, a veces me dan ganas de abrirte la cabeza para ver qué estupidez tienes adentro! ¡Cómo se te ocurre lanzarte así a lo loco!
Oliver mantenía la cabeza gacha, en silencio, como perrito regañado.
Su actitud solo enfureció más a Daisy, que le gritó:
—¡Dime algo!
Oliver apretó los labios y, después de un buen rato, murmuró:
—Daisy.
—¡Te dije que hablaras, no que dijeras mi nombre!
Oliver se quedó callado otros dos segundos.
—Estaba respondiendo a la pregunta que me hiciste hace un rato.
Daisy hizo un cortocircuito mental antes de entender a qué se refería.
No sabía si reírse o seguir enojada.
Al final, viendo que la herida de la aguja seguía sangrando, decidió dejar el tema por la paz.
Tomó un hisopo del carrito de enfermería, se acercó a él y le ordenó con voz fría:
—La mano.
Oliver esta vez fue obediente.
Sin chistar, le tendió la mano y dejó que Daisy le limpiara la sangre.

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