Poco después, llamó a la enfermera para que le pusieran otra vez el suero.
Quizá porque Daisy estaba ahí vigilándolo, Oliver se portó muy bien.
Aunque no cruzaron ni una sola palabra más.
Pasadas las nueve de la noche, las enfermeras entraron a hacer la ronda.
La jefa de enfermeras iba al frente y se sorprendió bastante al ver a Daisy en ese cuarto.
—¿Señorita Ayala? ¿No fue a ver al señor Ferrer?
Daisy, sin inmutarse, le contestó:
—Justo iba para allá.
La enfermera asintió con cara de que ya se lo imaginaba y le preguntó:
—¿Él es su amigo?
Daisy lo pensó un segundo y respondió:
—Solo es un socio comercial.
No supo si fue su imaginación, pero después de decir eso, la tensión en el cuarto se podía cortar con un cuchillo.
Se hizo mucho más evidente en cuanto las enfermeras cerraron la puerta.
Daisy volteó a ver a Oliver.
Él tenía la mirada baja, metido en sus propios pensamientos.
El silencio era tan incómodo que Daisy agarró el control remoto y encendió la televisión sin pensarlo.
Casualmente, estaban transmitiendo la entrevista que le habían hecho más temprano.
En la pantalla, se veía a sí misma respondiendo a las preguntas de los reporteros con una mirada llena de aparente amor.
Dijo:
«Por supuesto que estoy preocupada por él. Es mi prometido. De hecho, cancelé todo mi trabajo en la capital para venir a cuidarlo».
Y luego agregó:
«Si hay buenas noticias, se los haremos saber de inmediato».
El ambiente se enfrió por completo.
Se hizo un silencio sepulcral.
Como si sintiera culpa, Daisy apagó la televisión de golpe y miró la hora en su reloj.
Casi eran las diez.
—¿Esta vez Luis no vino contigo a Nuevo Veracruz? —le preguntó.
—Vine solo.
Sus palabras tenían un mensaje oculto: estaba completamente solo y no tenía a nadie que lo acompañara en el hospital.
Daisy no sabía qué hacer.
Había asumido que él tenía algún amigo cerca a quien podría pedirle el favor de cuidarlo.
Pero todo indicaba que ella tendría que quedarse a acompañarlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Siete Años para Olvidar