Sentía que flotaba y se hundía al mismo tiempo.
Oliver le tomó la mano y la hizo agarrarse de la manija que estaba sobre la puerta del coche. La cabeza de ella rozaba el techo del vehículo con cada movimiento.
Justo cuando estalló el último fuego artificial de la noche en Puerto Victoria, Daisy vio un destello de colores en su mente.
Todo quedó en un profundo silencio, al igual que el fin del espectáculo pirotécnico.
Oliver usó las yemas cálidas de sus dedos para apartarle los cabellos húmedos por el sudor que se le pegaban al rostro. Ella dormía profundamente, con las mejillas aún encendidas por el rubor.
Oliver la sostuvo en brazos, con una mirada cargada de ternura.
A la mañana siguiente, la montaña estaba llena del canto de los pájaros y el aroma de las flores. El relajante sonido de la naturaleza hacía que Daisy no tuviera ganas de despertar. Sin embargo, la mala postura la hizo sentir incómoda, así que intentó darse la vuelta.
Sintió que perdía el equilibrio. Al instante, una mano grande la tomó por la cintura y la jaló de nuevo contra un pecho firme, evitando que se cayera.
Durante toda la noche, Oliver había repetido ese mismo movimiento incontables veces. No había pegado el ojo ni un segundo. Tenía miedo de dormirse y descubrir al despertar que todo había sido solo un sueño. Así que se la pasó velándola toda la madrugada. Tenía las piernas tan entumecidas que casi no las sentía, pero se negaba a soltarla.
Las pestañas de Daisy temblaron; parecía que estaba a punto de despertar.
Oliver sabía cómo era ella cuando tomaba. Por muy borracha que estuviera, nunca se le borraba el casete de lo que hacía en ese estado. Para evitar que se sintiera avergonzada, cerró los ojos y fingió dormir.
Justo entonces, Daisy despertó y se quedó desorientada por un buen rato. Hasta que se dio cuenta de que había pasado la noche sobre las piernas de Oliver, su mente confusa se aclaró de golpe.
Se enderezó de un salto, miró al hombre que dormía plácidamente a su lado y tragó saliva por los nervios.
Anoche... ¡¿Qué demonios había hecho anoche?!
«Tus labios se ven muy besables.»
«¿Y quieres besarlos?»
«Sí.»
«Entonces te dejo besarlos, ¿sale?»
«Qué cansado... ¿No puedes tomar la iniciativa tú?»
Oliver dejó de masajearse el brazo.
—Por lo que dices, anoche fue para ti...
—¡Una aventura de una noche! —se adelantó Daisy a decir.
Él iba a decir un desliz amoroso. No se esperaba que ella fuera tan cruel. Con esa simple frase arruinó toda la ternura que él había sentido durante la noche. Y pensar en lo mucho que se había esforzado por complacerla.
Definitivamente, cuando una mujer se pone fría, no hay hombre que se le compare. Eso le recordó la vez pasada, cuando ella había usado ese mismo tono de indiferencia: «Fue solo una despedida entre dos adultos, no hace falta dramatizarlo.»
Prefería la versión borracha; era mucho más tierna y sus palabras no lastimaban. No como ahora, que estaba llena de espinas y lo dejaba sangrando con cada comentario.
Terminó de sobarse el brazo, empezó a masajearse las piernas y soltó lentamente:
—¿Entonces, planeas aprovecharte de mí de a gratis otra vez?
Aquellas palabras pusieron a Daisy todavía más tensa.

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