—¿¡Qué!? ¿Me estás diciendo que te la pasaste revolcándote con Oliver en su coche toda la noche?
Al otro lado de la línea, Camila Benítez pegó el grito en el cielo. Su voz era tan aguda que por poco le revienta los tímpanos a Daisy a través del auricular.
Daisy apartó el celular por puro instinto, esperó a que los gritos de Camila terminaran y murmuró:
—De niña debiste haber estudiado canto de ópera.
Camila la interrumpió:
—¡No me cambies de tema! Suéltalo todo, ¿qué fue lo que pasó? ¿Cómo terminaste metida en la cama con ese cabrón otra vez?
—No lo metí en la cama...
—Ah, o sea que hacerlo en el coche no cuenta, ¿verdad?
—...Tampoco fue para tanto.
Hubo un instante de silencio, y de repente, Camila pegó un grito aún más fuerte:
—¡Sabía que Oliver no daba la talla! ¡Ya no funciona! ¡Jajaja, el pobrecito es impotente!
Daisy se frotó la frente, arrepintiéndose al instante de haberle contado el chisme a Camila. Aunque anoche estaba borracha, no había perdido del todo el sentido. Sabía perfectamente que a Oliver le funcionaba todo a la perfección...
Pero al ver que Camila había desviado su atención y ya no le insistía con los detalles sórdidos, prefirió no decir nada.
Cuando Camila se cansó de reírse, intentó consolarla:
—Ay, tampoco es el fin del mundo. Solo cometiste un error que le pasa a cualquier mujer, es súper comprensible. Lo que pasa es que llevabas mucho tiempo en sequía, en cuanto te acuestes con un par más, se te pasa.
Daisy se quedó sin palabras. Definitivamente, tener una mejor amiga así era toda una bendición.
—¿Y tú? ¿Cómo has estado? —Daisy le cambió el tema.
Camila suspiró aburrida:
—Lo mismo de siempre. Aquí sigo, esperando que acabe el tiempo de trámite para firmar el divorcio.

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