Temía perderla de vista.
—Te llevo al hotel.
—No es necesario.
Daisy volvió a rechazarlo.
—A esta hora es un relajo conseguir transporte, yo te llevo. —Oliver volvió a tomarla de la mano.
Esta vez la apretó con más fuerza para que no pudiera soltarse.
Ella frunció el ceño. —Oliver, creo que he sido bastante clara contigo.
Esas palabras frías, diseñadas para mantener a todos a raya.
Las había repetido una y otra vez.
Tanto para que él las entendiera, como para recordárselas a sí misma.
Cada vez que las pronunciaba, era como volver a aquellos días grises donde sentía que no podía dar un paso más.
Le había costado sangre y lágrimas salir del hoyo por su propia cuenta, y no iba a permitir que nadie volviera a arruinar su paz mental.
Le aterraba pensar que, si caía de nuevo, no tendría la fuerza para volver a levantarse.
Por eso, su primer instinto ante cualquier cosa que pudiera moverle el tapete era poner una barrera.
Ella podía arreglárselas sola perfectamente, comer en lugares bonitos y disfrutar de la vida sin necesitar de nadie.
Las personas que han sido abandonadas llevan una cicatriz en el alma que nunca sana.
Una marca que te recuerda a cada segundo que el amor se acaba, y que hasta la persona que jura amarte con locura puede botarte como basura de un día para otro.
Y él ya lo había hecho una vez.
La vida se había encargado de darle de golpes justo donde más le dolía, una y otra vez, hasta que por fin aprendió a soltar.
Oliver bajó la mirada y esbozó una sonrisa amarga. —Lo sé, pero eso no tiene nada que ver con que te lleve a tu hotel.
—Es que no necesito que me lleves.
Ella lo miró con el hielo en los ojos. —Ya no te necesito, ¿lo entiendes?
Oliver se quedó mudo.
Un dolor punzante le atravesó el pecho y se extendió hasta la punta de los dedos.
En ese segundo, sintió que ya no tenía derecho a sostener la mano de Daisy.
Y fue justo en ese momento que Daisy retiró su mano.
Él intentó agarrarla de nuevo por puro instinto.
Pero esta vez, Daisy se apartó de su toque.
Tuvieron que pasar tres días para que ella sintiera que por fin volvía a la vida.
Justo al tercer día tocaba firmar el preacuerdo con el Grupo Velarte, y Daisy fue personalmente con su equipo a cerrar el trato.
Natalia también estaba ahí, barriéndola con la mirada durante toda la reunión.
Después de firmar los papeles, Tomás sugirió que se tomaran una foto grupal del recuerdo.
Daisy se colocó en el centro junto a él.
Mientras el fotógrafo acomodaba la cámara...
...la asistente de Tomás soltó un grito de asombro a sus espaldas: —¡No manches! ¿Está nevando allá afuera?
Natalia volteó de inmediato y abrió los ojos de par en par. —¡Sí, parece que está nevando! Papi, ¿estoy viendo alucinaciones? ¡Es imposible que nieve en Nuevo Veracruz!
Tomás estaba igual de en shock. —Tiene razón... ¿cómo va a nevar aquí?
Daisy también se giró hacia el ventanal.
Y ahí estaban. Copos de nieve cayendo del cielo, uno tras otro, en una danza lenta a través del enorme cristal.
«Te perdonaré el día que nieve en Nuevo Veracruz».
Aquella frase resonó de golpe en su cabeza.

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