Ya en la clínica, Daisy estaba hecha un ovillo en la camilla por el dolor.
El doctor, por su parte, le preguntaba con toda la calma del mundo: —¿Siempre le duele tanto?
—No así... y esta vez se adelantó —logró articular Daisy con muchísimo esfuerzo.
El médico continuó: —¿Es usted sexualmente activa? ¿Cómo calificaría su vida sexual?
Daisy se quedó pasmada.
El médico se ajustó los lentes y le aclaró: —Esto es fundamental para el diagnóstico.
—No... no tengo —masculló Daisy avergonzada.
Oliver tensó la mandíbula por un instante y la miró con una expresión cargada de significado.
El doctor siguió haciendo anotaciones en el expediente y soltó el comentario: —Tener relaciones de forma regular ayuda a mejorar la circulación pélvica y a relajar la tensión muscular, lo que le quita los cólicos a muchas mujeres.
Y al decir eso, el doctor le echó una mirada de reojo a Oliver.
Una mirada cargada de lástima y reproche.
Oliver se aclaró la garganta e ignorando la indirecta le preguntó al médico: —Aparte de eso, ¿existe algún otro tratamiento para curarle los cólicos por completo?
Probablemente al ver que el tipo estaba genuinamente preocupado, el médico bajó la guardia y le explicó con más paciencia.
—La dismenorrea primaria no tiene cura definitiva. Solo se maneja con analgésicos, cambios en el estilo de vida, aplicar calor en la zona, hacer ejercicio y evitar el estrés. En algunos casos, los dolores van disminuyendo con los años o se quitan después de tener hijos.
Oliver no perdía detalle y hasta le hizo un par de preguntas muy específicas.
Las cuales el doctor respondió una por una.
Para ese momento, los analgésicos ya estaban haciendo efecto y Daisy por fin sintió un poco de alivio.
Como le daba pena verle la cara a Oliver después del interrogatorio del médico, prefirió hacerse la dormida en la camilla.
Y con lo cansada que estaba, terminó quedándose dormida de verdad.
Entre sueños, sintió un calor reconfortante sobre el abdomen.
Y ese dolor que tanto conocía pareció esfumarse lentamente gracias a ese calorcito.
Daisy durmió de corrido por un buen rato. Cuando abrió los ojos, ya había oscurecido.
La puerta de la habitación estaba entreabierta y se escuchaban voces afuera.
Dicho eso, Daisy apartó las sábanas y se bajó de la camilla, dispuesta a largarse al hotel.
Oliver la tomó de la muñeca y trató de convencerla con tono suave. —¿A mí para qué me sirve si no tengo cólicos? No seas terca, tómate un trago aunque sea, Natalia dijo que es buenísimo.
Pero Daisy se zafó de su agarre y le habló con la misma frialdad: —Gracias por traerme a la clínica. Lamento haberte quitado el tiempo.
Ese “gracias” sonó tan distante que dejó el ambiente helado.
Era la mejor barrera para pintar su raya.
Agarró su saco, su bolsa y enfiló hacia la salida.
La sonrisa de Oliver se fue desvaneciendo.
No entendía nada. Si hace un rato todo estaba tranquilo, ¿por qué demonios le cambiaba el humor de un segundo a otro?
¿Por qué era imposible ablandarle el corazón?
Pero no tuvo tiempo de darle más vueltas al asunto, porque Daisy ya había salido por la puerta.
Oliver salió corriendo detrás de ella, olvidándose por completo del té que había llevado Natalia.

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