El guardia de seguridad se acercó con la firme intención de echar a Camila a la calle.
Sin embargo, antes de que pudiera siquiera tocarla, Pedro apareció en la escena.
La recepcionista se sobresaltó y no dejaba de mirar a Camila de arriba abajo.
Un pensamiento lleno de terror cruzó por su mente: «¿Será que esta mujer con cubrebocas sí es la esposa del jefe?».
Pedro se abrió paso entre la gente y se plantó directamente frente a Camila.
—Sube para que hablemos.
Como era un asunto privado, no quería que todos en la empresa se enteraran.
Pero Camila no estaba dispuesta a darle el gusto, y respondió con rebeldía:
—No voy.
Él frunció el ceño y le preguntó:
—¿Por qué no?
—Me da miedo interrumpir tu asuntito.
Pedro leyó la intención en la mirada de su esposa y se quedó paralizado un instante.
—¿Qué locuras te estás imaginando ahora?
Camila soltó una pequeña carcajada irónica.
—Si no estuvieras pensando locuras, ¿cómo sabrías que yo las estoy pensando?
Pedro sabía perfectamente que Camila tenía una lengua muy afilada.
Pero que lo dejara en evidencia frente a todos, y sobre todo delante de sus empleados, hizo que se le endureciera el gesto.
—¿Vas a querer hablar o no? —le preguntó Pedro, conteniendo su enojo.
El primer instinto de Camila fue contestarle: «Vamos a hablar de tu chingada madre».
Pero luego recordó que al día siguiente firmarían el divorcio, así que no valía la pena crear problemas innecesarios.
Al final, logró tragarse el coraje y le regaló una sonrisa complaciente.
—¡Claro que sí! ¡Hablemos ahora mismo! Pero no voy a subir. No quiero ver algo asqueroso que me lastime los ojos. Busquemos un café por aquí cerca.
Él quiso defenderse diciendo que no había nada asqueroso allá arriba.
Pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta y tuvo que tragárselas.
Finalmente, siguió a Camila fuera del edificio.
Una vez que el jefe se retiró, la recepcionista le preguntó al secretario de Pedro, temblando de miedo:
—¿De verdad es la esposa del presidente Jiménez?
¡Además, realmente no podía soportar que su pareja favorita de internet fuera una farsa!
¡Sentía que le acababan de destrozar la ilusión!
Ajena a todo este drama, Camila se encontraba en una cafetería cercana con Pedro.
Apenas se sentaron, Camila, sin querer perder ni un segundo, fue directo al grano:
—¿Qué cláusula del acuerdo de divorcio quieres modificar?
Pedro, quien había sido el que insistió en hablar, ahora parecía no tener ninguna prisa. Esquivó el tema y preguntó:
—Mi abuela no se ha sentido muy bien últimamente, ¿fuiste a verla?
—¿Ah? Ella no me dijo que se sintiera mal.
Además, apenas la noche anterior habían hecho una videollamada y Camila no notó absolutamente nada raro.
Pedro continuó:
—La abuela te quiere muchísimo, es más apegada a ti que a mí. Deberías ir a visitarla más seguido cuando tengas tiempo.
—No necesitas decírmelo.
De hecho, en los últimos cinco años, ella había pasado muchísimo más tiempo con su abuela que el propio Pedro, siendo él su nieto de sangre.

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