Camila estaba furiosa. Estaba decidida a divorciarse de Pedro hoy mismo, y nadie iba a ser un obstáculo en su camino a la libertad. ¡Ni siquiera Jimena!
Así que le marcó directamente a ella.
Jimena tardó un rato en contestar y, sin dejar que Camila hablara, se hizo la víctima reclamándole de inmediato:
—¿Fuiste tú la que filtró todo a la prensa? ¿Por qué siempre te la agarras contra mí? Ya me quitaste a mis papás, ¿por qué también quieres arruinarme la vida? ¿Qué te hicimos los Luján para que nos odies tanto?
—¿Qué estupideces estás diciendo? —Camila pensó que estaba loca—. ¿Pedro está contigo? ¡Dile que me marque!
Del otro lado, Jimena parecía no entender razones.
—Camila, ¿de verdad quieres orillarme a la muerte?
Camila ya estaba de mal humor y no tenía paciencia para sus dramas baratos.
—¡Pues antes de que te mueras, hazme el favor de decirle a Pedro que me llame!
—¡Camila, si me muero, va a ser por tu culpa! —insistió Jimena, ignorando su petición.
Camila perdió los estribos.
—¡Pues muérete ya y deja de desperdiciar oxígeno!
¡Ya estaba harta! El día que más había esperado se había arruinado por culpa de ese par de locos.
Camila se tragó el coraje y le marcó a Pedro un par de veces más. Nunca contestó, y al final terminó apagando el celular, mandándola directo al buzón.
Se negó a rendirse y se quedó esperando en el Registro Civil. Estuvo ahí desde la mañana hasta la tarde.
Vio a mucha gente entrar y salir. Presenció a incontables parejas felices consolidando su amor. Los veía tomarse fotos sonriendo en la entrada. Era cierto, firmar el acta era un día digno de recordar.
Pero cuando ella y Pedro firmaron los papeles, él tuvo cara de pocos amigos todo el tiempo. Ni hablar de fotos de recuerdo; hasta la foto oficial del acta de matrimonio la tomaron a las prisas. En esa imagen, ambos salían lejísimos el uno del otro.
Durante la sesión, el fotógrafo les insistió que se juntaran más. Le pidió que sonriera, que al final se trataba de un recuerdo para toda la vida. Pero Pedro se negó rotundamente y terminó regañando al fotógrafo por ser tan metiche.
Seguramente por verla esperando tanto tiempo, una empleada del lugar le llevó un vaso con agua.
—Gracias —dijo Camila, aferrándose al vaso para entrar en calor, aunque seguía sintiéndose helada.
La mujer era muy amable, probablemente acostumbrada a ver situaciones similares, y trató de consolarla con voz suave.


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