Qué ironía. ¡Por supuesto que estaban juntos!
Camila le arrebató el teléfono y habló con un tono helado:
—Pedro, no me importa qué excusa te haya puesto Jimena para sacarte de aquí. ¡Incluso si amenaza con tirarse de un edificio, te exijo que vengas de inmediato al Registro Civil!
Pedro se quedó callado, pero su respiración era pesada, como si estuviera conteniendo el coraje.
—¡Faltan cuarenta minutos, tienes que venir ya! —le advirtió ella.
—¿Tú le pasaste el chisme a la prensa, verdad? —soltó Pedro en tono acusatorio.
Al final, no pudo evitar reclamarle.
Camila supo de inmediato que se refería a las noticias sobre Jimena siendo la amante. Por un segundo quiso defenderse. Pero luego pensó que, si se lo preguntaba así, era porque ya estaba convencido de que ella era la culpable. Creía que ella había orquestado todo. Cualquier explicación sería inútil.
Así que ni se molestó en discutir. Solo le preguntó:
—¿Entonces qué, ¿te vas a divorciar o no?
Camila regresó al Registro Civil cuando faltaban solo diez minutos para cerrar. Se sentó en el mismo lugar de antes, con la vista fija en la puerta.
El tiempo pasaba lentamente. Los empleados de las ventanillas ya estaban recogiendo sus cosas para irse. Su esperanza se fue apagando poco a poco.
Hasta que el reloj marcó las seis en punto.
La poca esperanza que le quedaba terminó por apagarse. Toda la ilusión que había sostenido durante ese mes se vino abajo.
Se quedó sentada un buen rato antes de encontrar las fuerzas para levantarse e irse.
Al salir del edificio, notó que estaba lloviendo. La lluvia de otoño en Puerto Real era helada y venía acompañada de un viento que le calaba hasta los huesos, causándole punzadas en el pecho.
De pronto, un Bentley negro se detuvo de golpe frente al Registro Civil. Pedro se bajó apresurado, caminando rápido hacia la entrada.
Al ver a Camila en los escalones, se frenó en seco.
Ella llevaba un rato bajo la lluvia, con el cabello empapado.
Pedro se acercó, se quitó el saco e intentó ponérselo sobre los hombros.
Camila se hizo a un lado. Sin embargo, alcanzó a percibir el perfume de mujer impregnado en la tela.
Así que dio dos pasos hacia atrás, lo miró fijamente y le reclamó con voz fría:
—¿Por qué me dejaste plantada?

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