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Siete Años para Olvidar romance Capítulo 859

Un momento.

Camila se sacudió esos pensamientos. ¿Por qué le estaba dando tantas vueltas a eso?

Fuera por quien fuera, los gustos de Manolo no tenían nada que ver con ella.

Ya tenía suficientes problemas como para arrastrar a alguien más a ese desastre.

Sobre todo porque, últimamente, Pedro siempre mencionaba a Manolo cuando discutían, solo para provocarla.

Estar internada era aburrido y frustrante.

Especialmente para alguien con tanta energía como Camila; aquello era una verdadera tortura.

Para el mediodía, en cuanto terminó de pasarle el suero, Camila ya no aguantaba más. Necesitaba salir a respirar aire fresco.

La asistente que Manolo había dejado insistió en acompañarla, asegurando que eran órdenes directas del señor Villalobos.

Para demostrarle que estaba perfectamente sana, Camila hizo unos cuantos estiramientos frente a ella. Le dejó claro que no estaba tan grave como para no poder dar un par de pasos sola.

—Está bien —cedió la chica, comprendiendo que todos necesitan un poco de espacio personal.

Como estaba lloviendo, Camila tuvo que conformarse con dar una vuelta por los pasillos interiores.

Después de caminar un rato, se dio cuenta de que no había mucho que ver y pensó que sería mejor volver a la cama a jugar con su celular.

Estaba a punto de regresar cuando dos figuras familiares llamaron su atención.

Al final del pasillo, un hombre alto y de figura imponente sostenía con mucho cuidado a la mujer que caminaba a su lado.

Él tenía la cabeza ligeramente inclinada, prestando total atención a lo que ella le decía.

Su mirada estaba llena de ternura y dedicación.

Aunque la mujer llevaba cubrebocas, Camila habría reconocido esa expresión frágil y victimista en cualquier parte.

Camila se detuvo en seco y, por puro instinto, se escondió detrás de un pilar.

Sintió un dolor seco en el pecho.

Dolió un poco, pero era soportable.

Cuando una persona pasó corriendo junto a la pareja, Pedro rodeó protectoramente a Jimena con sus brazos, temiendo que alguien la lastimara.

La cuidaba como a un tesoro.

Pero Camila recordaba perfectamente una situación similar. Al poco tiempo de haberse casado con Pedro, ambos fueron al hospital a visitar al abuelo de los Castaño, que estaba muy enfermo.

Fue en ese mismo hospital.

Y en una escena casi idéntica.

Sin embargo, aquella vez, Pedro caminó a paso rápido, dejándola muy atrás y dándole la espalda de forma glacial.

De inmediato, Pedro cambió de lugar para servirle de escudo y bloquear el viento.

Acto seguido, le ofreció uno de los bolsillos de su abrigo.

Jimena metió su mano dentro del bolsillo de él, sonriendo.

Siguieron caminando juntos, atrayendo las miradas de todos en el pasillo.

La gente murmuraba sobre lo bien que se veían juntos.

Escondida en aquel rincón, Camila tuvo que escuchar cómo el mundo entero celebraba el amor de su marido por otra mujer.

En ese momento, ella, la esposa oficial, parecía ser la que no tenía derecho a existir frente al público.

¿Cómo era el dicho?

Al final, la única que sobraba en esa historia era ella.

Qué ironía tan grande.

Camila no supo ni cómo logró regresar a su cuarto.

Al entrar, escuchó a Manolo regañando a la asistente:

—¿Te dijo que no te necesitaba y la dejaste ir sola? ¿Qué te advertí? ¿Qué pasaba si le ocurría algo malo?

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