Si él iba a jugar sucio, entonces ella también podía hacerlo.
Por eso, le preguntó directamente a Manolo:
—¿Te atreves a besarme?
Manolo arqueó una ceja y le preguntó con una media sonrisa:
—¿Qué mosca te picó?
—¿Acaso tienes miedo? —insistió ella, acercándosele con las mejillas sonrojadas por el alcohol.
Manolo la apartó suavemente y dijo con total tranquilidad:
—No suelo involucrarme con mujeres como tú.
—Vaya, qué hombre de principios —murmuró Camila. Todo el valor que había reunido se esfumó. Miró a su alrededor con frustración—. Mejor me busco a otro.
El hombre que estaba bebiendo a su lado detuvo su copa por un segundo.
Si de todos modos ella iba a besar a alguien, ¿por qué no podía ser él?
Esa fue la primera vez que Manolo hizo a un lado sus principios.
Y también la primera vez que dejó atrás sus reservas para acercarse a una mujer por iniciativa propia.
Dejó su bebida, se aflojó la corbata con una mano y, antes de que Camila pudiera levantarse a buscar su siguiente objetivo, le agarró la barbilla y la besó con rudeza.
El rugido de su estómago rompió el silencio en la habitación del hospital.
Camila se sintió bastante avergonzada.
Manolo la miró de reojo.
—¿Tienes hambre?
—Un poco.
No había comido nada en todo el día.
Solo había sobrevivido a base de suero.
—¿Qué se te antoja?
Camila lo pensó un momento.
—Un pastel.
Quería comer algo dulce.
Simplemente necesitaba comer algo dulce.
Manolo sacó su celular, llamó a su asistente y le ordenó comprar un pastel en la repostería más famosa de Puerto Real.
Incluso sabía cuál era la especialidad del lugar.
Camila, acurrucada bajo las sábanas, pensó que seguro conocía esos detalles porque a alguna de sus exnovias le encantaban los pasteles.

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