Quizás la forma tan directa en que Camila lo rechazó ese día hirió el orgullo del joven Castaño.
Durante los dos días siguientes, no se apareció por ahí para molestar.
A Camila le cayó de perlas la tranquilidad.
En cuanto se cumplió el plazo que le impuso la abuela, fue de inmediato a tramitar el alta.
Mientras hacía fila, Manolo le marcó para preguntarle a qué hora salía, ofreciéndose a pasar por ella.
—No hace falta molestar al señor Villalobos con estas pequeñeces, me voy en taxi —respondió Camila.
La excusa de Manolo fue la misma de siempre:
—Fueron órdenes directas de Daisy. Si no le hago caso, va a ir de chismosa con el profesor. Y ya sabes que es su alumna consentida.
Camila soltó una carcajada.
—Bueno, está bien. Con tal de que cumplas tu misión, haré el enorme sacrificio de subirme a tu coche.
—Le agradezco su infinita bondad, mi princesa —bromeó Manolo.
El corazón de Camila dio un pequeño vuelco.
«Mi princesa...».
Recordó que, durante sus vacaciones en Ibiza, cuando Daisy tuvo que regresar a atender unos asuntos y la dejó sin supervisión, se puso a tomar a escondidas.
Y se puso una borrachera de aquellas.
Se encerró en la cava donde Manolo guardaba sus mejores botellas y perdió la noción del tiempo.
Cuando Manolo la encontró, ella ya estaba cantando y bailando.
Hasta se había subido a una mesa y, mirándolo desde arriba, le exigió:
—¡Tienes que decir "A sus órdenes, mi princesa"!
Con tal de que no se cayera, Manolo le siguió la corriente:
—A sus órdenes, mi princesa.
En ese momento, ella se dobló de la risa.
No podía creer que Manolo todavía recordara las tonterías que dijo estando completamente borracha.
Le dio un poco de pena.
Menos mal que estaban hablando por celular y él no podía ver cómo se le subían los colores al rostro.
Manolo sabía cuándo parar, así que tras la broma, se despidió:
—Nos vemos al rato.
—Oye, escuincla, si ya te vas a divorciar de Pedro, ¿por qué lo estás obligando a mandar a Jimena al extranjero? Tu tío y yo solo tenemos una hija. ¿La quieres echar del país para que nos quedemos solos y desamparados en nuestra vejez?
Camila se quedó de una pieza.
No se lo esperaba.
Pensaba que Pedro lo había dicho nada más por decir, no que fuera en serio.
¿Qué mosca le había picado a Pedro?
¿No era más fácil divorciarse y ser feliz con Jimena de una buena vez?
Así todos contentos.
Ah, claro, y de paso sus tíos oportunistas también estarían felices.
Si era lo mejor para todos, ¿por qué demonios Pedro no simplemente dejaba que las cosas fluyeran?
A fuerzas tenía que amargarles la vida a todos.
—Vete a reclamarle al que tomó la decisión, a mí no me metas. Ve a reclamarle a quien tomó la decisión y déjame fuera de esto —soltó Camila, perdiendo la paciencia.
Carla, furiosa, le recriminó:
—¡Seguro fuiste tú y no lo quieres admitir! ¡Te da coraje vernos felices! ¡Pensar que te sacamos del orfanato para criarte, y mira nada más, criamos a una malagradecida!

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