Camila sonrió, pero su expresión estaba vacía.
Rechazó su petición con la misma frialdad con la que él la había tratado hace un momento:
—No.
—¿De verdad no puedes darme otra oportunidad?
—No.
Volvió a negarse.
De hecho, todo aquello le parecía absurdo, ridículo.
¿Cómo se atrevía?
¿Cómo podía lastimarla hasta lo más profundo y luego, con toda la calma del mundo, pedirle otra oportunidad?
¿Con qué derecho?
Le debía tanto, le había hecho tanto daño, ¿por qué esperaba que ella simplemente regresara a su lado?
—Y si... —Pedro bajó la mirada; su voz temblaba un poco, pero por dentro estaba hecho un manojo de nervios.
Nunca imaginó que, incluso después de ceder y tragarse el orgullo, no lograría hacerla cambiar de opinión.
Sentía un nudo en la garganta que apenas le dejaba respirar, por lo que le costó muchísimo pronunciar las siguientes palabras.
Tomó la mano de la chica y la apretó con fuerza, como si se aferrara a lo más importante de su vida.
Solo cuando se aseguró de que no podría soltarse, continuó:
—Si te digo que me enamoré de ti, ¿estarías dispuesta a darme una oportunidad más?
Por un instante, Camila se quedó atónita.
Hasta pensó que había escuchado mal.
¿Pedro diciendo que se había enamorado de ella?
Qué locura.
Soltó una risita sarcástica.
—Pero yo ya no te amo.
Tras esas palabras, un silencio sepulcral se apoderó de la habitación del hospital durante un largo rato.
En cuanto Pedro aflojó el agarre, Camila retiró su mano sin dudarlo.
Él se quedó mirando su mano vacía durante unos segundos, todavía aturdido.
—Pero tú me dijiste que me amabas —murmuró.
Así que el amor también podía desaparecer.
Ese fue el segundo golpe más duro que Pedro había recibido en su vida.
Quería huir, estar a solas un momento, intentar poner en orden el caos que tenía en la cabeza.
Camila asintió con un murmullo desanimado, dejando claro que no estaba de humor.
—¿Qué pasa? Te escuchas súper apagada.
Camila miró hacia el techo.
—Es que siento que nada tiene sentido.
—A ver, platícame, ¿por qué dices eso?
Para eso son las mejores amigas, ¿no? Para desahogarse.
—Siento que hay personas que llegan a tu vida fingiendo cariño y, justo cuando bajas la guardia, te lastiman y desaparecen. Y ahí te dejan, teniendo que ponerte cinco inyecciones contra la rabia para no morirte.
Daisy captó la indirecta al vuelo; hablaba de Pedro.
—¿Y ahora qué te hizo el "Perro Castaño"?
Camila le contó las locuras que él acababa de soltarle.
—Nadie puede entender sus cambios de humor, es más bipolar que nada —suspiró.
—¿Y tú qué piensas hacer? —A Daisy solo le importaba lo que su amiga quisiera.
Los demás le daban igual.
—Lo mandé al demonio. No me interesan sus cambios de actitud ni sus juegos emocionales.

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