No pasó mucho tiempo antes de que Julián terminara su llamada y regresara junto a la cama.
Ximena lo miró fijamente.
—¿Quién era? —preguntó.
Los ojos de Julián parpadearon por un instante.
—Una amiga —respondió.
Hizo una pausa y añadió:
—Acaba de regresar al país. La próxima vez que haya oportunidad, te la presento. Sigue durmiendo, tengo que ir a arreglar unos asuntos.
Mientras hablaba, caminaba apresurado hacia la salida.
Al pasar por el baño, algo llamó la atención de Julián. Frunció el ceño.
—¿Por qué tiraste la ropa? ¿No te gustó?
Justo cuando iba a recoger las prendas para recordar el diseño, el estridente y alegre tono de su celular volvió a sonar.
Julián contestó al instante.
—No te asustes, ya voy para allá. No se atreverán a hacerte nada...
Siguió hablando mientras casi llegaba a la puerta de la recámara principal. De pronto se detuvo y miró de reojo a Ximena, que seguía sentada en la cama. Una leve e imperceptible onda de emoción cruzó por su mirada.
La noche anterior, cuando Martín le dijo que le pareció ver a su esposa en la ambulancia, se le encogió el corazón por el susto.
Menos mal que Martín se había equivocado.
Ahí estaba ella, perfectamente bien.
***
Ximena estaba siendo bombardeada a llamadas por su primo y su mamá.
Marcaban sin parar, como si no pensaran rendirse hasta lograr su objetivo.
Respiró hondo y contestó.
Antes de que pudiera decir una palabra, del otro lado se escuchó el llanto escandaloso de la mujer mayor, seguido por la voz exageradamente aterrada de su primo.
—¡Tía! ¡Tía, ¿qué te pasó?!


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