—¡No hagas berrinche! —le gritó Julián—. Ya es muy tarde, ¡deja que el chofer te lleve!
Ximena no le hizo caso y siguió caminando sin mirar atrás.
A sus espaldas, escuchó la voz burlona de Dafna.
—¡Ay, Dios mío! Julián, qué carácter se carga tu esposa, ¡para atreverse a hacerte esas caras!
Luben no tardó en apoyarla:
—Tiene un genio horrible, ¿cómo la has aguantado todos estos años?
Santiago también metió su cuchara:
—Por lo general, las personas con alguna discapacidad son raras. Si me lo preguntas, ¡nunca debiste casarte con ella! Le hubieras dado un dinero y ya, ¿qué necesidad había de arruinarte la vida...?
Ximena apresuró el paso, casi corriendo hacia la salida.
Tenía miedo de que las lágrimas que luchaban por salir la hicieran verse aún más patética.
Su celular seguía vibrando sin parar, haciendo que hasta el corazón le temblara en el pecho.
Ximena respiró profundo. Reprimió a la fuerza todas las emociones que se le habían acumulado en los últimos días y subió las escaleras a toda prisa hasta el salón reservado.
Carmen Lacayo estaba devorando la comida de la mesa. Al escuchar ruido, soltó los cubiertos de golpe, cerró los ojos y se dejó caer sobre el respaldo de la silla, quejándose a gritos:
—¡Ay!... ¡Ay!... ¡Qué mal me siento, me duele todo el cuerpo! Hija malagradecida, ¿hasta ahora se te ocurre llegar? ¿Acaso querías que me muriera aquí para venir a recoger mi cuerpo?
Era la misma cantaleta de siempre. Creía estar acostumbrada, pero en ese momento a Ximena le resultó insoportable.
—Ya deja de fingir —le dijo con frialdad—. ¿Para qué me engañaste y me hiciste venir?
Su primo, Félix Lacayo, se acercó con cara de angustia.
—¡Prima, tienes que ayudarme esta vez! Yo le metí todos mis ahorros a ese local, ¡y no solo me lo quemaron de la nada, sino que los policías vinieron a decirme que mis medidas de seguridad no servían y que voy a tener que enfrentar cargos penales...!
Ximena frunció el ceño de golpe.
Carmen se enderezó en la silla de inmediato, dejando de actuar.
—¡Ximena, márcale a Julián ahorita mismo para que él lo resuelva!
—¡Sí! —la apoyó Félix—. ¡Para Julián eso es cuestión de una llamada! ¡Seguro te hace el favor si se lo pides!
A Ximena le pareció una ironía tremenda. Sintió que una mano invisible le estrujaba el corazón, provocándole punzadas de dolor.
¿Así era como resolvía las cosas Julián?
Con tal de proteger a Dafna y ayudarla a zafarse de la culpa, no le importaba arrastrar a los demás. ¿Acaso no le importaba nada más?


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