Al ver lo tranquilo, casi apático, que estaba Julián, Ximena sintió una punzada en el corazón.
¿Le acababa de dar una cachetada y a él le daba igual?
¿No le importaba en lo absoluto lo que ella le hiciera?
Julián extendió la mano hacia ella. Ximena quiso apartarlo, pero él la sujetó de la muñeca.
—Vaya que pegas fuerte.
Con un leve jalón, la acercó hacia él y le puso su mano cálida sobre la frente.
—¿Segura que no te sientes mal?
Su voz era grave y tierna, como si estuviera consolando a una niña chiquita.
Ximena cerró los ojos por inercia e inhaló profundo.
Un aroma empalagoso le llenó la nariz de golpe; era un perfume de mujer, de los más caros.
En su mente volvió a proyectarse la imagen de Julián cargando a aquella mujer; el recuerdo era tan nítido que lastimaba.
Sintió que le faltaba el aire y le apartó las manos de un empujón.
—¡No me toques!
Había puesto toda su fuerza en el rechazo, y su tono seco dejaba en claro que no estaba jugando.
Sin embargo, Julián no percibió las ganas de llorar que ella reprimía y soltó una risita:
—Qué mala eres.
Le sirvió un vaso de agua tibia y se lo acercó:
—El congreso de la empresa aún no termina, estaré ocupado unos días más. ¿No tenías ganas de ir a la playa? En cuanto me desocupe, te llevo.
Ximena ni siquiera volteó a ver el vaso. Se quedó inmóvil, observando al hombre al borde de la cama.
—Julián, ¿no tienes nada que decirme?
Las cortinas seguían cerradas, por lo que la penumbra ocultaba sus pestañas temblorosas y su expresión herida.
Hasta el más distraído se habría dado cuenta de que algo andaba mal, y Julián no fue la excepción.
Al acordarse de las diez llamadas perdidas, borró su sonrisa. Su tono se volvió serio y calmado, lleno de aparente sinceridad:
—Xime, no fue mi intención ignorar tus llamadas anoche. Me surgió un imprevisto urgente y no podía desocuparme.
Se notaba un ligero tono de culpa en su voz.
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