Gael se quedó helado, de repente se dio cuenta de que la habían engañado. Soltó la mano de Tania con brusquedad y quiso marcharse.
Pero Tania se levantó rápido, se lanzó directamente a sus brazos y lo abrazó con fuerza por la cintura.
—¡No te vayas! —le suplicó.
En cuanto lo vio, Tania tuvo claro lo que sentía: ahora estaba segura, él también la llevaba en el corazón.
Gael, atrapado en el abrazo de Tania, sentía cómo le ardían las mejillas. Respiraba agitado y el corazón le latía tan fuerte que temió que se le fuera a salir del pecho.
¡Jamás había estado tan cerca de una chica!
Frunció el ceño y trató de separar las manos de Tania, quería quitarla de encima.
Pero Tania lo abrazó aún más fuerte.
—Ya entendí que me equivoqué. Estar detrás de ti todo el tiempo no está bien, solo consigo fastidiarte —confesó ella, sin soltarlo—. Ya no voy a estar de intensa, pero tampoco quiero que me sigas evitando, ¿sí? —le pidió, mirándolo a los ojos—. Mira, si tienes algo que decirme, dime las cosas de frente. No guardemos más nada, ¿va?
Gael tragó saliva, luchando con las palabras. Al final solo le salieron dos:
—¡Suéltame!
Pero Tania, en vez de hacerle caso, apoyó la cara en su pecho.
—No te suelto —susurró.
Gael apretó los labios, molesto.
—¡Quítate!
Tania se aferró todavía más fuerte.
—No me voy a quitar —insistió.
Gael, ya entre furioso y avergonzado, le gritó:
—¡Tania!
Tania levantó la cara, sonrió con un poquito de tristeza y le contestó:
—¡Ah, entonces sí sabes cómo me llamo! Pensé que ni siquiera te sabías mi nombre…
Gael guardó silencio.
Ella volvió a preguntar:
—¿Y sabes cuánto me gustas?
Gael contestó frío:
—No quiero saberlo.
—Aunque no te guste, ¿vas a dejar que nos malinterpreten? —le pidió—. Por Carol y por el señor Bello, ayúdame, ¿sí?
Gael, serio, respondió:
—Suéltame. Yo me escondo y no me van a ver.
Tania negó con la cabeza.
—No, si te suelto, te vas a escapar. Todavía tengo cosas que decirte.
El ceño de Gael se frunció más fuerte, pero los guardias se acercaban paso a paso. Al final, él cedió; la alzó en brazos y, sin decir palabra, se escondieron detrás de una tabla de madera vieja, al costado de unos escombros.
Todo alrededor estaba en silencio. Los dos estaban tan pegados que podían sentir el corazón del otro, latiendo desbocado, como si en cualquier momento fuera a salirse de sus pechos.
Las linternas de los guardias pasaban de un lado a otro. Uno se detuvo cerca y volvió a preguntar:
—¿Tania, estás ahí?
Gael, abrazándola, no le quitaba el ojo a lo que pasaba fuera de la tabla.
Tania, con los brazos en su cuello, no le quitaba los ojos de encima a él.
A veces ni ella misma entendía cómo había llegado a enamorarse así de Gael.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo
Cómo se llama la segunda parte de la novela?...