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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 2225

Aspen respondió, indignado:

—¡A mí no me echen la culpa! Aquí todos están leyendo, yo nunca dije que le mandaras lingotes de oro.—

Gael, con cara de pocos amigos, le replicó:

—Fuiste tú quien dijo que no podía regalarle una tarjeta ni darle dinero.—

Aspen lo reconoció:

—Sí, eso dije, pero jamás sugerí que le mandaras lingotes de oro. Además, ¿en qué se diferencia un lingote de oro de una tarjeta o de dinero? ¡Al final es lo mismo!—

Gael frunció el ceño:

—No es lo mismo.—

Aspen preguntó:

—¿Y en qué no es lo mismo?—

Gael contestó, muy serio:

—La tarjeta es algo intangible, el lingote es real.—

Aspen se quedó en silencio.

Miró a su amigo con cara de “no puedo creerlo” y le explicó con paciencia:

—Mira, lo que quería decir es que cuando das un regalo, deberías ponerle un poco de corazón. Dar dinero es demasiado directo, no se siente especial.—

Gael, muy literal, dijo:

—Le pedí al banco que me lo envolvieran bonito.—

Aspen y Orion se miraron, entre frustrados y divertidos.

—¿Envolverlo bonito cuenta como ponerle corazón?— exclamaron los dos casi al unísono.

Gael, confundido, preguntó:

—¿No cuenta?—

Los tres se quedaron un momento en silencio.

Finalmente, Gael, con el ceño fruncido, preguntó:

—¿Entonces, según ustedes, qué se debería regalar?—

Orion intervino:

—Lo más sencillo, si vas a ver a alguien enfermo, por lo menos llévale un ramo de flores, ¿no?—

Gael puso cara de desagrado:

—Eso es muy barato, no se compara con un lingote de oro.—

Orion puso los ojos en blanco y Aspen siguió la idea:

—Bueno, puedes elegir joyas, algo con diamantes, eso no es barato.—

Orion asintió:

—Sí, sí, o perfumes y labiales de marca, cosas de esas tampoco son baratas.—

Gael, curioso, preguntó:

—¿Y dónde se compran esas marcas famosas?—

Aspen y Orion lo miraron, ya resignados, sin poder creerlo.

Orion no pudo evitar soltar la broma:

—Gael, la verdad, empiezo a pensar que no tienes madera para estar en una relación.—

Gael le respondió, frunciendo el ceño:

—Y tú tampoco eres digno de Samira.—

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