Gael no sabía cómo continuar la conversación, así que el ambiente se puso tenso de inmediato.
Buscó con desesperación algún tema de qué hablar, tanto que le sudaban las manos, pero por más que lo intentaba, no se le ocurría nada.
Tan nervioso estaba, que su nuez se movía arriba y abajo mientras tragaba saliva una y otra vez.
Ese gesto lo hacía ver muy atractivo y Tania, acostada en la cama, no podía dejar de mirar su garganta. Se le puso la cara roja de repente.
Sin querer, a Tania se le vino a la mente una imagen bastante subida de tono y se asustó. Rápidamente, apartó la mirada.
Carraspeó, tratando de aclararse la voz, y le tomó la mano a Gael.
Él, por reflejo, la retiró de inmediato.
Tania se quedó helada, con la mano en el aire.
Los dos se miraron, un poco desconcertados.
Gael fue el primero en reaccionar y, apenado, puso su mano de nuevo en la de Tania y, con el rostro encendido, dijo:
—Perdón, todavía no me acostumbro.
Un hombre serio y tímido resulta aún más atractivo. Tania le sonrió mientras le apretaba la mano y le dijo:
—Déjame ver cómo tienes el brazo.
Gael no entendió —¿El brazo? Si no estoy herido.
Tania le recordó:
—La mordida.
Entonces Gael cayó en cuenta y se remangó la camisa, dejando ver su antebrazo fuerte.
Al notar la marca de dientes bien marcada, Tania frunció el ceño, sintiéndose culpable.
Gael, al ver su cara, le dijo enseguida:
—No te preocupes, esto no es nada.
Pero Tania seguía mirando la mordida, preocupada.
—En serio, no vuelvas a lastimarte —le dijo.
Gael dudó un momento antes de responder:
—Tú tampoco.
Tania asintió y, con una sonrisa, dijo:
—Trato hecho, ninguno de los dos se va a hacer daño. Si tengo algo en la cabeza, te lo voy a contar, y si tú tienes algo, me lo cuentas a mí, ¿sí? Nos escuchamos mutuamente.
Gael asintió, un poco torpe:
—Bueno.
Tania, ya más animada, sacó otro tema:
—Por cierto, acepté el regalo que me diste.
Al mencionar el regalo, Gael se puso algo nervioso y se apresuró a explicar:
—No era mi intención otra cosa… Aspen me dijo que no podía dar dinero ni tarjetas y por eso compré esas barras de oro. Yo… pensé que les gustaría. La próxima vez…
—¡Me encantó! —lo interrumpió Tania.

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