El banco de piedra estaba frío, pero a ella no le importó. Sin pensarlo dos veces, tomó su cuaderno y se lo puso debajo, acomodándose para no sentir el fresco.
A Sebastián le dolía ver su libro así, todo maltratado, pero no le quedó de otra. Para salvarlo, resignado, le ofreció su propio cojín, ese que siempre llevaba para sentarse más cómodo, y se lo puso en el banco para que ella se sentara.
Desde la primaria, Tania era un torbellino: si algo no le salía, no solo lloraba, también se desquitaba con él. Lo pellizcaba, le daba vueltas el brazo, incluso una vez le mordió la mano. Lo obligaba a hacerle la tarea; si él se negaba, le rompía el cuaderno para que la tuviera que rehacer.
Una vez, ella sacó 6 en matemáticas y él 100. Tania, rabiosa, le quitó el examen y le cambió el nombre para adueñarse de la calificación. Y si el cambio no quedaba perfecto, se enojaba más y podía pasarse días sin hablarle.
En la secundaria ya no era tan brava, pero bastaba una palabra mal puesta para que se molestara. Y cada vez que se enojaba, Sebastián tenía que comprarle mínimo diez bolsas de papitas picantes y un par de latas de esa soda dulce que a ella tanto le gustaba para contentarla.
En la prepa, Tania se rodeó de amigos nuevos, aunque sus calificaciones seguían siendo un desastre. Ninguno de los dos vivía en el internado, así que cada mañana iban juntos a la escuela y, al salir de clases en la noche, regresaban caminando, siempre juntos.
Antes de llegar a casa, ella lo jalaba hacia esa mesa de piedra en el parque para sentarse a platicar: chismes, ídolos de la tele, series... de todo menos tarea.
Claro, no era solo Sebastián quien la cuidaba. Tania también lo quería mucho.
Si tenía algo rico para comer o tomar, siempre le guardaba una parte. Sus alegrías eran para él primero. Desde la secundaria, guardaba los billetes que le daban sus papás en Año Nuevo y lo que juntaba con las vueltas del súper, todo para gastarlo de golpe en el cumpleaños de Sebastián y regalarle algo especial.
Una vez, él se enfermó en la escuela, pero no quiso faltar para no perder clases. Tania, sin pensarlo, salió en medio de un aguacero a comprarle medicina y a llevarle agua caliente.
Así, durante más de veinte años, Sebastián la cuidó y ella también lo hizo con él. Como dice el dicho, el cariño es cosa de dos.
Eran los más importantes en la vida del otro. ¿Cómo no pensar que terminarían juntos?
Sebastián siempre creyó que acabarían siendo pareja. Incluso, en la prepa, ya se imaginaba cómo sería su boda.
Por eso, cuando llegó el momento de elegir carrera, no lo dudó: se inscribió en arqueología, igual que los papás de Tania, Rafael y Beatriz, quienes también eran profesores en esa área y siempre quisieron que ella siguiera sus pasos.
Así, Tania podría estar cerca de ellos, viajar juntos a donde fuera que los mandaran a excavar, todos en familia. Sebastián pensó que, si Tania elegía esa carrera, perfecto; si no, él podría acompañar a los papás de ella y cuidarlos.

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