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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 2308

Carol notó que Aspen tenía mala cara y se preocupó.

—¿Qué te pasa? —le preguntó.

Aspen, aunque por dentro sentía un torbellino, fingió tranquilidad y colgó la llamada sin mostrar emoción.

Guardó el teléfono y mintió:

—Es del trabajo, un proyecto tuvo broncas y el encargado no pudo con el paquete, así que me buscan para arreglar el desastre.

Carol frunció el ceño.

—¿Está muy grave?

—Nada que no se pueda manejar.

—¿Entonces por qué no contestaste?

—La verdad, no quiero meterme —dijo Aspen, encogiéndose de hombros.

Carol se quedó pensativa.

—Si el encargado no pudo, ¿quién más se va a hacer cargo si tú no lo haces?

—Abel y los demás del equipo pueden con eso —respondió Aspen.

Carol, dudosa, insistió:

—¿Y por qué te buscan a ti? ¿Por qué no le llaman directo a Abel o a los otros?

Aspen se quedó callado un momento, sin saber qué contestar. Efectivamente, una mentira siempre necesita otra para sostenerse. Se tomó unos segundos antes de responder:

—Me buscan primero para ver si yo puedo resolverlo. También para disculparse, supongo. Pero ahorita no quiero hablar con ellos, ya después lo arreglo.

Carol no quedó totalmente convencida, pero Aspen le habló con suavidad:

—No te preocupes por lo del trabajo, sé bien lo que hago.

Carol se encogió de hombros con resignación.

—Aunque quisiera ayudarte, no sabría cómo. Tú sabrás qué hacer, solo prométeme que no te lo vas a guardar y te vas a enfermar del coraje.

Aspen le sonrió.

—No te preocupes.

Mientras tanto, llegó otro mensaje, pero Aspen ni lo miró.

Terminaron de cenar pasta y Carol subió a cambiarse; Aspen aprovechó para quedarse en la cocina, fingiendo limpiar, y revisar el celular a solas.

“Ape, hace mucho que no nos vemos.”

Aspen frunció el ceño, el rostro ensombrecido. Sabía perfectamente quién le había escrito.

A él solo le decían “Ape” dos personas: Cauto… y esa otra persona.

Esa persona que él amaba y odiaba al mismo tiempo. Alguien tan querido como un padre, pero tan odiado como un enemigo mortal. Amar con locura, odiar con rabia.

Ese era su demonio personal, uno que tenía encerrado en lo más hondo de su corazón. Temía dejarlo salir, porque si lo hacía, se lastimaría a sí mismo, su alma se desgarraría.

Pero si no lo enfrentaba, ese demonio seguiría ahí para siempre.

Si quería vivir en paz el resto de su vida, solo había un camino: apretar los dientes, aguantar el dolor y acabar con él de una vez.

De hecho, hacía tanto tiempo que no se veían que Aspen ya casi no recordaba cuándo había sido la última vez.

En su mente empezaron a pasar imágenes como si fueran escenas de una película: momentos cálidos, momentos duros.

Pensó en los pequeños detalles de hace más de veinte años. Pensó en Abel, en Gael, en Cauto. Pensó en su papá y su mamá, en Rick y en su hermana, en aquella noche de tormenta en el pueblito de Marlando…

También pensó en la octava generación del virus.

Cuanto más recordaba, más le dolía el pecho.

No podía entender cómo el corazón de una persona podía corromperse tanto.

Tampoco entendía cómo alguien tan sabio y tan claro, podía terminar convertido en un monstruo.

Si todo lo bueno que había recibido de esa persona había sido manipulación, entonces, ¿qué había entre él y su padre? ¿Cómo se explicaban esos lazos?

“Puedo dar la vida por ti, pero también puedo traicionarte y matarte con mis propias manos.”

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