Por la tarde, Carol había querido buscar un rato para platicar con el abuelo mayor, pero entre una cosa y otra no consiguió hacerse tiempo.
Llevaba toda la tarde acompañando a las mujeres invitadas.
Yareni había fallecido hacía años, y en la familia Bello no quedaban otras mujeres adultas.
Ahora, como nueva esposa de Aspen y señora de la casa Bello, le tocaba encargarse de atender a las visitas.
A pesar de que no le gustaba mucho relacionarse con esas señoras desconocidas, bien sabía que “a donde fueres, haz lo que vieres”, y en su nueva posición no podía evitar entrar en ese círculo.
En el mundo de la alta sociedad, las mujeres eran el reflejo de sus esposos.
Si ella hacía un mal papel, no solo la criticarían a ella, sino que las burlas caerían también sobre Aspen a sus espaldas.
Así que, le gustara o no, tenía que integrarse en ese ambiente.
Por la tarde, poco a poco, la mayoría de los invitados se fueron retirando. Solo quedaron los más cercanos.
Después de la cena, llegó el momento de las bromas y juegos en la recámara nupcial.
Entre risas y bullicio, la fiesta se extendió hasta bien entrada la madrugada, hasta que por fin los dejaron solos.
Ya en la habitación, después de bañarse y cambiarse, los dos se pusieron unos pijamas rojos a juego y se sentaron juntos al borde de la cama.
Aspen, con la cara todavía encendida por el alcohol, no podía dejar de mirarla.
—Amor… —le murmuró, arrastrando las palabras.
—¿Mmm? —respondió Carol.
—Mi amor…
—¿Qué pasa?
—¡Amor!
Carol lo miró divertida.—¿Te pasaste de copas?
Aspen negó con una sonrisa tonta.—No, solo quería llamarte así.
Carol se rió.—Eres un tonto, ¿lo sabías?
Aspen contestó, sin dejar de sonreír.—Sí, ¿y te gusta?
Carol sintió que las mejillas le ardían.—Sí, me gusta.
Aspen tragó saliva, luego le apartó suavemente el cabello de la cara y le acarició la mejilla con ternura.
—Carol, hoy estoy feliz, muy feliz… —dijo emocionado—. Por fin te vi vestida de novia.
—Desde ahora, la primavera eres tú, el verano eres tú, el otoño y hasta el sol del invierno, todo eres tú.
Soltó una risita boba.
—Solo de pensar que eres mi esposa, me pongo feliz. Solo de imaginar que vamos a estar juntos toda la vida, me dan ganas de sonreír.
—Carol, de verdad, soy inmensamente feliz…

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