Después de cenar, los niños se dispersaron enseguida. Carol se quedó un buen rato conversando con la abuela, así que en realidad no había tenido tiempo para lo otro.
—¿Por qué no les das los regalos ahora? —sugirió Carol.
Aspen negó con la cabeza y le contestó:
—No hay apuro. Ya es muy tarde hoy, y si vas a buscarlos ahora, no solo te quitas tiempo de descanso, también harías que el abuelo y la abuela se desvelen. Mañana se los das, no pasa nada, total, no tenemos prisa por irnos.
Carol asintió.
—Tienes razón.
Aspen la abrazó y la arrulló hasta que empezó a quedarse dormida. Acurrucada en su pecho, Carol le preguntó en voz baja:
—¿Tú crees que el segundo abuelo ya se enteró de que llegamos?
Aspen dudó un momento.
—...Supongo que sí.
Carol negó con la cabeza, convencida.
—Estoy segura de que no lo sabe.
—¿Por qué estás tan segura? —preguntó Aspen, curioso.
Carol suspiró y explicó:
—Porque conozco muy bien al segundo abuelo. Si él supiera que estamos aquí, ya hubiera regresado corriendo, a menos que le haya pasado algo grave y no pueda volver por eso.
—Pero si de verdad le hubiera pasado algo serio, el abuelo y la abuela también lo sabrían, y no los he visto nada preocupados...
—Por eso te digo que seguro no sabe que vinimos.
Aspen sonrió y le acarició el cabello.
—Ya es tarde, vamos a dormir.
Apagó la luz y se quedó abrazándola, ayudándola a conciliar el sueño.
Carol bostezó, medio dormida ya:
—A lo mejor mañana, cuando despierte, ya está aquí el segundo abuelo...
Aspen no respondió, solo la abrazó más fuerte.
Carol había estado muy cansada últimamente con todo el trajín, así que no tardó en quedarse profundamente dormida.
Cuando notó que Carol ya dormía profundo, Aspen se levantó con cuidado para no despertarla. Se quitó la colcha de encima, salió de la habitación en silencio y caminó hacia el cuarto del segundo abuelo.
Los abuelos aún no se habían acostado. Estaban todos juntos, sentados alrededor del brasero en el cuarto del segundo abuelo, charlando al calor del fuego.
Era enero y el frío en las montañas era fuerte, sobre todo por las noches. Sin el brasero, era imposible pasar el invierno.
Cuando vieron entrar a Aspen, no se sorprendieron, como si ya supieran que iba a salir.
—¿Carol y los niños ya están dormidos? —preguntó la abuela.

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