—Papá.
Al escuchar la voz de su hijo a través del altavoz, Carol se llenó de alegría.
—¡Miro, mi niño!
El tono de Miro cambió al instante, sonando mucho más animado.
—¡Mamá!
—¿Ya cenaste, mi amor? —preguntó Carol con una sonrisa que no le cabía en el rostro.
Miro asintió al otro lado de la línea.
—Sí. ¿Tú y papá están cenando apenas?
—Así es, estamos comiendo ahora mismo. ¿Van a venir este viernes por la noche?
—Si no pasa nada raro, sí. Laín y yo planeamos ir directo a casa en cuanto terminen las clases.
Carol se emocionó aún más.
—¡Qué bueno! Dime qué se les antoja, para tenerles todo listo.
Miro rio con suavidad.
—Solo quiero probar tu comida, mamá. Todo lo que tú haces me encanta.
El corazón de Carol se estrujó entre la felicidad y la nostalgia. En condiciones normales, sus hijos seguirían estudiando aquí en Puerto Rafe y todas las noches podrían llegar a casa a comer los platillos que ella preparaba con tanto amor.
Apenas tenían doce años y ya estaban lejos, forjando su propio camino.
¡A fin de cuentas, seguían siendo unos niños!
—Mamá les va a cocinar de todo, un montón de platillos riquísimos, ya verás.
—Sí, mami —respondió Miro con ternura.
—Bueno, ¿le llamabas a tu papá por algo en específico?
Miro, siendo siempre directo, explicó:
—Papá me pidió que le ayudara a investigar a alguien. Le llamaba para darle los resultados.
—Entonces los dejo que hablen de sus cosas de hombres. Ya el viernes que vengas platicamos tú y yo con calma.
Miro se despidió de ella y Carol le devolvió el teléfono a Aspen.
Aspen sabía que a su esposa le partía el alma tenerlos lejos, así que le acarició el cabello con ternura antes de caminar hacia la ventana para tomar la llamada en privado.
—¿Encontraste algo?
—No lo que esperabas —respondió Miro—. Desenterré todo el historial de Ricardo Rojas y no hay ni un solo indicio de que tenga un hermano mayor. Sin embargo, sí encontré información sobre su hermana menor.
Aspen frunció el ceño ligeramente.
—¿Rocío Rojas?
—Así es, su hermana biológica. Actualmente tiene cincuenta años y vive en un pueblo de Francia. Trabaja como maestra en una escuela para sordomudos, especializada en niños con capacidades diferentes.
—¿Ella también es sordomuda?
—No. Estudió esa especialidad en la universidad.
Aspen no pudo ocultar su sorpresa.
—¿Logró ir a la universidad?
Hace varias décadas, estudiar una carrera universitaria era todo un lujo. Era raro encontrar siquiera a un universitario en toda una región.
—Sí, y la estudió en Estados Unidos —añadió Miro.
La sorpresa de Aspen aumentó. Si los universitarios eran escasos en esa época, ¡los estudiantes que lograban ir al extranjero eran prácticamente unicornios!
—¿Quién la llevó fuera del país y quién pagó sus estudios?

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