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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 4453

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Mono Rojo continuó, saboreando cada palabra:

—Seamos honestos, todos los que estamos en este infierno trabajamos por lo mismo: dinero. No me importa con quién tenga que asociarme, ni su nombre, ni si es un santo o un demonio. Lo único que me interesa es si puede hacerme ganar más plata. ¡Si la respuesta es sí, estoy dispuesto a hacer negocios!

El militar frunció el ceño con desdén.

—Es cierto que en esta región todos buscamos ganar dinero y que la colaboración es clave. Pero Aspen Bello voló las bodegas y fábricas de otros. ¿Te parece que esa es la manera correcta de hacer las cosas?

—Ese no es mi problema, yo no tuve nada que ver con eso, así que no opino —respondió Mono Rojo, encogiéndose de hombros.

Un hombre de unos treinta años, con el rostro enrojecido por la ira y los puños apretados, intervino:

—¡Mi mercancía está en poder de Don Franco! Y ese infeliz no ha dicho ni una palabra al respecto, lo que deja claro que planeaba robársela. ¿Cómo justificas eso?

El que hablaba era Don Kaleb. La mercancía que Ledo había confiscado al secuestrar a su conductor, era suya.

Mono Rojo soltó una risa seca.

—De eso sí que no sé nada. Ese es un asunto entre tú y Franco, y como él sigue respirando, tendrás que pedirle cuentas a él en un rato.

—Pero, por cierto, ¿no eran ustedes los que siempre decían que Franco era un «buen tipo»? ¿Cómo es que ahora resulta que quería robarles?

Don Kaleb estalló en furia.

—¡Si no hubiera querido robármela, no la habría escondido! ¡Si mi conductor no me hubiera avisado, jamás me habría enterado! ¡Y para colmo, mató a mis hombres! ¡Nos engañó a todos, es un viejo lobo disfrazado de oveja!

Mono Rojo apretó los labios con burla.

—¿Lo ven? La vida te enseña, y a veces a golpes se aprende. Cuando yo advertía sobre él, decían que yo era el envidioso.

—Hay tipos que parecen santos, pero en realidad son lobos con piel de oveja. Y hay otros que parecen unos cabrones resbaladizos, pero en el fondo somos los más honestos, como yo.

Don Kaleb frunció el ceño, buscando cómo replicar, pero se quedó sin argumentos.

Tras un tenso silencio, cambió el rumbo de la conversación.

—¿Franco todavía puede hablar?

Mono Rojo fingió indiferencia.

—Creo que ahora mismo está tomando una siesta, así que no podrá atenderte. De todos modos, en la situación actual, que hables con él no sirve de nada. El único que puede darte respuestas ahora es el Señor Bello. Tendrás que preguntarle a él si puedes llevarte tu carga.

—Y te doy un consejo de amigo: el Señor Bello tiene muy mal carácter. Es mil veces más despiadado que yo. Si realmente quieren negociar con él, más les vale medir sus palabras, ¡o podrían terminar todos bajo tierra!

Los capos fruncieron el ceño. El militar, harto de amenazas, resopló con frialdad.

—¡Si se atreve a tocarme un solo pelo, juro que mis hombres reducirán este lugar a cenizas!

Mono Rojo asintió, sin perder la calma.

—No lo dudo. Sé que usted es un hombre de inmenso poder, y le creo. Pero piénselo un segundo: ¿qué gana con eso? Su objetivo al venir aquí no es iniciar una guerra que los destruya a ambos. Si hay una oportunidad de ganar millones sin derramar sangre, ¿por qué no aprovecharla?

El militar arrugó la frente.

—¿Dónde está?

—Está en la habitación de Don Franco —respondió Mono Rojo—. Les sugiero que pasen, tomen una taza de té y se relajen un poco mientras subo a avisarle que están aquí.

El militar sopesó la oferta durante unos segundos antes de entrar a la mansión con paso firme.

Mono Rojo se giró hacia los demás capos.

—Una vez que crucen esa puerta, dejen su ira afuera. Si van a entrar, que sea para negociar con la cabeza fría. Si vienen a buscar problemas, mejor quédense afuera.

Los criminales apretaron las mandíbulas. Tras un prolongado silencio, comenzaron a entrar uno tras otro.

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