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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 4455

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La policía de Puerto Rafe ya le había echado el ojo a esa mercancía de Don Kaleb. Aspen sabía que no necesitaba intervenir; las autoridades se encargarían de incautarla y destruirla.

Si la destruía ahí mismo, Don Kaleb le declararía la guerra por considerar que había roto el trato.

Pero una vez que Kaleb cruzara las puertas de la base con su carga, cualquier incautación sería problema suyo, y Aspen tendría las manos limpias.

Su objetivo inmediato era doblegar a la estructura militar que respaldaba a Don Jota. Si lograba someterlos a ellos, el resto de los capos no se atrevería a mover un solo dedo.

El militar, sintiendo el peso de la mirada de Aspen, apartó la vista de la puerta por donde Kaleb había salido y se enfrentó directamente a él, con el ceño fruncido y expresión hostil.

—¿Ya podemos hablar del asunto de Don Jota?

Al escuchar esto, todos los presentes clavaron sus ojos en Aspen, expectantes.

Aspen, con una tranquilidad pasmosa, encendió un cigarrillo y dio una profunda calada antes de responder.

—Don Jota puso precio a la cabeza de mi hijo. Intentó matarlo. ¿De verdad esperabas que me quedara de brazos cruzados? Soy un hombre que jamás olvida una ofensa y que cobra sus deudas con creces.

El militar apretó la mandíbula.

—No es el único en El Triángulo de la Frontera que ha ofrecido una recompensa por tu hijo. Aunque varios ya están bajo tierra, Don Jota no es el último. ¿Por qué ensañarse solo con él? ¿Acaso creíste que no tenía a nadie que lo respaldara?

Aspen lo miró fijamente y respondió con voz gélida:

—Fui tras él precisamente por el respaldo que tiene.

El rostro del militar fue un poema de emociones: sorpresa, confusión y, finalmente, una furia desbordante.

—¡¿Acaso nos tomas por débiles?!

Aspen sacudió la ceniza de su cigarrillo con parsimonia.

—Todo lo contrario. Sé perfectamente que son los más poderosos.

La confusión del militar aumentó.

—Si sabías de nuestro poder, ¿por qué nos atacaste directamente?

—Para dar un castigo ejemplar —sentenció Aspen—. Tenía que destruir a alguien con verdadero poder para mandar un mensaje claro. Si fui capaz de reducir el imperio de Don Jota a cenizas, puedo hacer lo mismo con cualquiera. Si alguien más se atreve a amenazar a mi hijo, le garantizo un destino mucho peor que el de él.

El militar se quedó pasmado por unos segundos antes de recuperar la compostura, su rostro ensombrecido por la rabia.

—¿Y cómo pretendes arreglar este desastre?

—Para mí, este asunto está cerrado —respondió Aspen con total indiferencia—. Él me provocó y eso me enfureció. Pero anoche cobré mi venganza y ahora estamos a mano. Si ustedes insisten en alargar el conflicto, entonces tendrán un problema directamente conmigo.

El militar perdió los estribos, elevando la voz.

—¡¿Me estás diciendo que volaste nuestras bodegas y fábricas, y pretendes que lo dejemos pasar como si nada?!

Aspen lo desafió con la mirada.

—¿Qué esperas que haga?

El militar golpeó la mesa con furia, su arma resonando contra la madera.

—¡Esto no se va a quedar así!

Aspen dio otra calada, su rostro era una máscara impenetrable.

—¿Y cómo piensas resolverlo?

—El problema entre tú y Don Jota es asunto de ustedes. ¡Si lo hubieras matado, no me importaría en lo más mínimo! ¡Pero al destruir las fábricas y las bodegas, atacaste nuestros intereses directos, y eso no lo voy a tolerar! —bramó el militar.

—No van a recibir ni un centavo de compensación —dijo Aspen con voz cortante—. Si no estás de acuerdo, inténtalo. Ven por mí.

Enfurecido al límite, el militar agarró su arma de la mesa y apuntó directamente a la cabeza de Aspen.

Pero antes de que pudiera rozar el gatillo, el estruendo de un disparo resonó en la sala.

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