Al llegar a este punto de la historia, Valeria soltó una carcajada sarcástica, como si hubiera recordado un chiste malísimo.
—De verdad, al principio pensé: ¿Qué me va a enseñar este idiota? ¡Y resulta que me quería quitar la ropa!
—¿No te parece patético? Estábamos discutiendo sobre nuestro divorcio y el muy imbécil quería meterse a la cama conmigo.
Xaviera se quedó atónita.
Aunque eran circunstancias muy diferentes...
Esa historia le resultaba increíblemente familiar.
Valeria continuó:
—Olía asqueroso: a alcohol, a tabaco y a perfume barato de quién sabe qué mujerzuela. Sentí tanto asco que le vomité todo el traje encima.
—Me llamó asquerosa y se metió al baño a lavarse. Yo le pedí a la señora que me ayuda en casa que me llevara de urgencias al hospital. Ahí fue cuando descubrí que tengo siete semanas de embarazo.
El mesero trajo la jarra de té y ambas brindaron suavemente con las tazas de cristal.
Xaviera tomó un pequeño sorbo y preguntó tímidamente:
—Pero... un embarazo y un divorcio no son incompatibles, ¿verdad?
—No, no lo son —respondió Valeria con total indiferencia—. Pero mientras me estaban revisando en el hospital, mi suegra apareció de la nada en la madrugada.
—Yo iba a seguir adelante con el divorcio sin importar el bebé. Pero ella me prometió que, si decido tenerlo, me transferiría automáticamente el doce por ciento de las acciones de Patricio, más un cinco por ciento extra de su parte. Todo a nombre de mi bebé.
—Y mientras el bebé sea menor de edad, todos los dividendos van directo a mi bolsillo. Será como la compensación por tener a este niño.
Xaviera, apoyando los codos sobre la mesa de madera, escuchaba atentamente. Giraba lentamente la taza de té entre sus finos dedos. Tras reflexionar un momento, habló con cautela:
—Pero, si aceptas ese trato, estarás atada a la familia Quintana por el resto de tu vida.
Y añadió:
—Ayer mismo me dijiste que te había engañado con su secretaria y que su sola presencia te daba asco. ¿De verdad quieres pasar el resto de tus días con alguien así?
Valeria bajó la mirada; su voz sonó inusualmente fría.
—Xavi, los matrimonios al final siempre terminan así.
—Cuando Patricio y yo recién éramos novios, vivíamos una historia de película. Me propuso matrimonio con novecientas noventa y nueve rosas; me llevó a ver las auroras boreales en nuestra luna de miel; y en nuestro primer año de casados éramos inseparables, no nos soltábamos un minuto.
—Pero la magia se acabó. Ya se cansó de mí y, para ser sincera, yo también me cansé de él.
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