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Su Arrebato Fue Mi Salvación romance Capítulo 10

Al llegar a este punto de la historia, Valeria soltó una carcajada sarcástica, como si hubiera recordado un chiste malísimo.

—De verdad, al principio pensé: ¿Qué me va a enseñar este idiota? ¡Y resulta que me quería quitar la ropa!

—¿No te parece patético? Estábamos discutiendo sobre nuestro divorcio y el muy imbécil quería meterse a la cama conmigo.

Xaviera se quedó atónita.

Aunque eran circunstancias muy diferentes...

Esa historia le resultaba increíblemente familiar.

Valeria continuó:

—Olía asqueroso: a alcohol, a tabaco y a perfume barato de quién sabe qué mujerzuela. Sentí tanto asco que le vomité todo el traje encima.

—Me llamó asquerosa y se metió al baño a lavarse. Yo le pedí a la señora que me ayuda en casa que me llevara de urgencias al hospital. Ahí fue cuando descubrí que tengo siete semanas de embarazo.

El mesero trajo la jarra de té y ambas brindaron suavemente con las tazas de cristal.

Xaviera tomó un pequeño sorbo y preguntó tímidamente:

—Pero... un embarazo y un divorcio no son incompatibles, ¿verdad?

—No, no lo son —respondió Valeria con total indiferencia—. Pero mientras me estaban revisando en el hospital, mi suegra apareció de la nada en la madrugada.

—Yo iba a seguir adelante con el divorcio sin importar el bebé. Pero ella me prometió que, si decido tenerlo, me transferiría automáticamente el doce por ciento de las acciones de Patricio, más un cinco por ciento extra de su parte. Todo a nombre de mi bebé.

—Y mientras el bebé sea menor de edad, todos los dividendos van directo a mi bolsillo. Será como la compensación por tener a este niño.

Xaviera, apoyando los codos sobre la mesa de madera, escuchaba atentamente. Giraba lentamente la taza de té entre sus finos dedos. Tras reflexionar un momento, habló con cautela:

—Pero, si aceptas ese trato, estarás atada a la familia Quintana por el resto de tu vida.

Y añadió:

—Ayer mismo me dijiste que te había engañado con su secretaria y que su sola presencia te daba asco. ¿De verdad quieres pasar el resto de tus días con alguien así?

Valeria bajó la mirada; su voz sonó inusualmente fría.

—Xavi, los matrimonios al final siempre terminan así.

—Cuando Patricio y yo recién éramos novios, vivíamos una historia de película. Me propuso matrimonio con novecientas noventa y nueve rosas; me llevó a ver las auroras boreales en nuestra luna de miel; y en nuestro primer año de casados éramos inseparables, no nos soltábamos un minuto.

—Pero la magia se acabó. Ya se cansó de mí y, para ser sincera, yo también me cansé de él.

Xaviera se sorprendió.

—Pero si tu hermano te apoyó y castigó a Patricio, ¿no?

—Sí. Me defendió, le bajó los humos a Patricio y hasta echó a la amante. Pero no apoya el divorcio —dijo Valeria, con una calma que daba miedo—. Mi matrimonio afianzó la alianza y los negocios entre nuestras familias. Un divorcio implica dividir capitales, y eso solo perjudicaría a mi familia, sin traerles ningún beneficio.

—Si me atrevo a divorciarme sin el apoyo de mi propia familia, voy a salir perdiendo por todos lados.

—Xavi, no me rindo. Es solo que ya se me cayó la venda de los ojos. Se me enfrió el corazón y lo vi todo claro.

—Si me divorcio, ¿qué voy a hacer? ¿Buscar el amor verdadero? ¡Claro que no! Quiero libertad, sí, pero también quiero poder y dinero.

—Patricio es un inútil, no sirve para manejar los negocios. Pero yo sí sirvo. En cuanto nazca este bebé y tenga esas acciones bajo mi control, seré yo quien tome las decisiones en esa empresa. Cuando llegue ese día, ¿quién se creerá que es Patricio? Él también tendrá que depender de mí para vivir.

Las palabras de Valeria eran crueles y realistas. Era una mujer lúcida, resignada pero jamás sumisa. Su astucia y ambición superaban a las de cualquiera.

Xaviera sintió un vuelco en el pecho, completamente impactada.

Y en medio de ese impacto, soltó una pregunta inocente:

—¿O sea que, para divorciarte, también necesitas el permiso de tu familia?

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