Como Moisés había tomado alcohol, no podía conducir.
Dado que había decidido ir a la reunión de forma improvisada, no le avisó a su conductor con anticipación. Como tenía prisa por volver, Jerónimo, mientras se burlaba de lo estricto que era su matrimonio, le consiguió un chofer de reemplazo.
Moisés regresó a Villa Lunaria antes de las ocho.
Las luces de la sala de estar estaban encendidas.
Xaviera estaba recostada en el sofá, inmersa en una larga llamada con sus amigas.
Al oír el sonido de la puerta principal, se sentó rápidamente y se apresuró a decir:
—Las dejo, ¡hablamos mañana cuando nos veamos!
Moisés estaba en casa.
Xaviera colgó el teléfono, saltó del sofá y corrió hacia la entrada.
—Ya volviste.
—Sí —respondió Moisés con un tono suave.
Xaviera quería preguntarle si había firmado el acuerdo de divorcio.
Había pasado media tarde, suficiente tiempo para leer todas las cláusulas.
Suficiente tiempo para firmarlo.
Pero justo cuando estaba a punto de soltar la pregunta, Moisés levantó la mano y le acarició la cabeza.
Xaviera se quedó desconcertada.
Inmediatamente después, percibió un leve olor a alcohol.
Se inclinó sutilmente, acercando la nariz al pecho de Moisés, y olfateó.
—¿Estuviste tomando?
Moisés bajó la mirada hacia ella y contestó.
—Solo un poco.
—Voy a prepararte un remedio natural para la resaca —dijo Xaviera.
Moisés no aguantaba mucho el alcohol. Dado su estatus, nadie se atrevía a obligarlo a beber en los eventos, y él solo tomaba un par de copas de manera ocasional por cortesía. Pero incluso bebiendo tan poco, siempre despertaba con dolor de cabeza al día siguiente.
Por eso, en casa siempre tenían a la mano hierbas para preparar un remedio casero para la resaca.
Xaviera caminó a toda prisa a la cocina, abrió hábilmente los gabinetes, sacó unas hierbas y las puso a hervir en agua caliente.
Cuando terminó, se dio la vuelta y se encontró con Moisés apoyado en silencio en el marco de la puerta de la cocina, observándola.
Xaviera le habló con ternura.
—Tardará unos quince minutos, deberías ir a descansar un rato a la sala.
—Xavi. —La llamó de repente.
—¿Sí? —Xaviera ladeó la cabeza, confundida.
Moisés no respondió. Se enderezó y caminó paso a paso hacia ella.
La distancia entre ellos se redujo rápidamente.
Llegó un punto en que Xaviera tuvo que levantar la cabeza para mirarlo.
—¿Qué pasa? —preguntó intrigada.
Moisés dio otro paso.

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