Xaviera hundió su rostro en el pecho de Moisés.
Su voz se ahogó en él.
—Tómate el té para la resaca primero.
—Está bien.
Como estaba muy caliente, Moisés le dio un par de sorbos apresurados. Luego dejó el vaso en la encimera, cargó a Xaviera en brazos y se dirigió a la habitación.
Xaviera parecía sumamente nerviosa.
Pero se mostraba complaciente.
Moisés siempre la había tratado como a una muñeca de cristal.
No era para menos.
La primera vez que estuvieron juntos ocurrió un incidente.
Dos años atrás, durante su primera noche juntos, cuando Xaviera estaba bajo los efectos de la droga, sintió un dolor insoportable en el abdomen. Al ayudarla a vestirse, Moisés vio manchas de sangre en las sábanas.
En el hospital, descubrieron que Xaviera tenía una hemorragia por un quiste roto, y tuvo que ser ingresada por una semana entera.
Aunque el médico aclaró que la sangre en las sábanas era completamente normal al ser su primera vez, y no debido a la complicación del quiste, y les explicó que se resolvería sin dejar secuelas, el susto fue mayúsculo.
Todo eso dejó un gran trauma en la mente de Moisés.
Las mujeres eran delicadas.
Había que cuidarlas muchísimo.
Después de casarse, Moisés comenzó a tratarla con un cuidado excesivo, temiendo que se lastimara con el más mínimo roce.
Consultó específicamente a los médicos sobre el tema y se enteró de que había días en los que ella era más vulnerable.
Decidió que, durante esos días, no habría intimidad.
Si a eso se le sumaban los días de su periodo, pasaban la mitad del mes sin tener contacto.
Y el resto del tiempo, él se contenía enormemente.
Moisés casi siempre terminaba yendo al baño a desahogarse por su cuenta porque no podía dejarse llevar del todo.
Pero jamás imaginó que, en estas cosas, si un hombre tiene necesidades, una mujer también las tiene.
Generalmente, es más difícil satisfacer a una mujer.
¿Sería posible que la verdadera razón por la que ella quería el divorcio era que no estaba satisfecha con él?
Fuera cual fuera la verdad, Moisés iba a descartar cada posibilidad, una por una.
Dos años de casados.
Era la primera vez que él se dejaba llevar sin reservas.
Xaviera terminó dormida profundamente en sus brazos.
Era tan pequeñita que él podía envolverla por completo.
A la mañana siguiente.
Xaviera se despertó porque Moisés la estaba besando.
Todavía estaba soñando. En su sueño, sentía que un perro enorme la aplastaba y le lamía la cara. Pesaba tanto que no la dejaba respirar. Intentó empujarlo, pero el perro le sujetó las manos por encima de la cabeza.
—Mmm...
Cuando volvió a levantar la vista, Moisés seguía observándola.
Xaviera se quedó sin palabras.
Murmuró en voz bajita:
—Ya me voy.
Moisés asintió.
—Te llevo.
—Yo puedo irme conduciendo sola —rezongó ella.
—Yo te llevo. —Moisés dio dos pasos hacia ella, se inclinó ligeramente hasta rozar su oreja y susurró—: Como no dormiste bien anoche, puedes aprovechar el camino para descansar un rato.
El cálido aliento rozó su oreja, haciéndola sentir un cosquilleo inmediato.
Moisés aprovechó la oportunidad para rodearle la cintura y añadió con calma:
—Vámonos.
Todavía confundida, Xaviera subió al auto de Moisés.
Ahora que lo pensaba, era la primera vez que se sentaba en su asiento del copiloto.
Estaba algo nerviosa. Sus manos jugueteaban con el cinturón de seguridad, encogía los pies y no dejaba de acomodarse en el asiento. En medio de su inquietud, sintió que pisaba algo debajo de ella.
Bajó la vista.
Había un acuerdo de divorcio roto por la mitad.
Xaviera se quedó atónita.

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