La mente de Xaviera se quedó en blanco por un segundo.
¿Un acuerdo de divorcio?
¿Sería la copia que ella había preparado?
Probablemente.
No era como que el acuerdo de divorcio de alguien más fuera a parar mágicamente al auto de Moisés.
Pero, ¿por qué estaba roto por la mitad?
¿Lo había roto Moisés?
No tenía idea.
Xaviera levantó la mirada y, desconcertada, miró de reojo a Moisés, quien iba concentrado en el camino.
Dentro del auto reinaba el silencio, interrumpido únicamente por el leve zumbido del motor.
¿Sería que no estaba de acuerdo con las cláusulas y por eso había roto el papel?
Pero él no le había dicho nada.
Mientras dudaba sobre cómo preguntarle, Moisés se adelantó, rompiendo el silencio.
—¿A qué hora terminas hoy?
Xaviera volvió a la realidad.
—¿Qué?
—¿A qué hora terminas? —repitió él con paciencia—. Para venir a recogerte.
—No te preocupes, puedo regresarme sola.
—Xavi —dijo Moisés en un tono grave—. Si yo te traje, yo te recojo.
Ante una frase tan contundente, Xaviera no supo cómo negarse.
—No sé a qué hora voy a terminar —murmuró.
—Entonces llámame cuando acabes.
—...Está bien.
El lugar para tomar la merienda era una cafetería céntrica.
Xaviera se había levantado tarde, se había demorado antes de salir y, además, se habían topado con un poco de tráfico. Para cuando llegó, ya iba quince minutos tarde.
Por suerte, sus amigas estaban igual de atrasadas.
El Koenigsegg se estacionó frente a la cafetería. Xaviera se bajó del asiento del copiloto, se aferró a la puerta y se asomó para despedirse.
—¡Nos vemos!
Moisés asintió y respondió suavemente:
—Que te vaya bien.
Xaviera cerró la puerta. Justo cuando se daba la vuelta, Valeria, apareciendo como un fantasma de la nada, le pasó el brazo por encima de los hombros y silbó exageradamente.


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