La sonrisa que se había dibujado en los labios de Rafael se desvaneció. Su mirada se tornó fría.
—Oti, ya no eres una niña. No voy a consentir que uses el rechazo como una táctica para conseguir más cosas, como hacías antes.
Otilia sintió una punzada de ironía.
¿Usar el rechazo como táctica?
Antes de que llegara Juliana, le llovían los regalos. Ella los atesoraba, guardando incluso las cajas.
Pero después de la llegada de Juliana, empezaron a reprocharle que aceptara cosas que no le pertenecían.
Así que aprendió a decir que no.
Pero entonces la acusaron de hacerlo para conseguir aún más, la llamaron codiciosa, repugnante.
Incluso cuando pidió dinero para material universitario, le dijeron: «¿Cómo es que nadie más lo necesita y tú sí? ¡Es pura vanidad!».
»El dinero de los Aguilar no cae del cielo. Te hemos criado durante dieciocho años, no tenemos la obligación de seguir manteniéndote. Si lo quieres, búscate la vida.
Y desde entonces, nunca más les pidió nada.
Al ver que Otilia volvía a girar la cara hacia la ventana, Rafael sintió un nudo en el estómago.
Antes, a Oti le encantaba estar con él, colgarse de su brazo y llamarlo «hermano» con voz melosa. ¿Cómo en solo dos años se había vuelto tan distante?
Seguía resentida por haberla enviado a la Academia. Por eso le ponía mala cara, por eso se comportaba con tanta frialdad.
¡Pues cuanto más se comportara así, más decidido estaba él a corregir su carácter caprichoso!
Así que Rafael también guardó silencio.
Al llegar a casa, fue el primero en bajar del carro, sin esperar a Otilia.
—La graduación de Juli está a la vuelta de la esquina —dijo Susana, animándose—. Quiero encontrarle el vestido perfecto.
Señaló las hileras de ropa en el salón.
—He mandado que traigan todo esto, pero para una ocasión tan importante, siento que nada es suficiente para Juli. Por eso quiero ir de compras con ella.
—Ya le he dicho que no hace falta, que no estoy acostumbrada a vestir tan bien, pero mamá insiste —dijo Juliana, cogiendo a Susana del brazo con una sonrisa de felicidad.
—Pues tendrás que acostumbrarte —dijo Rafael, con una mirada llena de cariño, muy diferente a la frialdad con la que había mirado a Otilia—. ¡La señorita de la casa Aguilar solo merece lo mejor!
—¡Qué bueno eres, hermano! —dijo Juliana, zarandeando su brazo con alegría—. ¡Soy tan feliz de tener una familia como ustedes!
La feliz familia bloqueaba la entrada. Otilia se quedó fuera, esperando, tratando de no interrumpir.
Ya sabía por experiencia lo que pasaba cuando intentaba forzar su entrada en un ambiente familiar al que no pertenecía. Era mejor mantenerse al margen.

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