«Bianca Núñez, esposa legal de Damián Figueroa, renuncia voluntariamente a cualquier compensación o bien matrimonial».
Esa frase estaba escrita con absoluta claridad al final de la página.
Justo debajo de esa línea, figuraba la firma de Bianca.
Los trazos en tinta negra eran firmes, fluidos y con un carácter imponente, traspasando el papel con fuerza.
Hubo un tiempo en el que Damián llegó a admirar la elegante caligrafía de Bianca, la cual era incluso superior a la suya.
Sin embargo, justo cuando tomó la pluma y se disponía a estampar su nombre en los papeles del divorcio, el teléfono sonó. Era Melisa.
La voz de Melisa sonaba cargada de pánico.
—¡Damián, ven rápido al hospital! ¡La abuela se puso muy grave!
Damián cerró la carpeta del divorcio de golpe, la arrojó a un lado en el asiento y le ordenó al chofer.
—Al Centro Médico Figueroa, ahora.
Con el movimiento brusco del auto, las hojas del acuerdo de divorcio se deslizaron y cayeron esparcidas por el suelo del vehículo.
❀
En el hospital, Melisa consolaba a Perla Figueroa y a Don Severiano con una actitud que derrochaba serenidad y madurez.
Cuando el médico de guardia se acercó, fue ella quien tomó la iniciativa para hacer las preguntas clave.
El doctor, conociendo perfectamente quién era Melisa y queriendo quedar bien con la familia, comentó con adulación.
—Don Severiano, Doña Perla, qué gran bendición tienen de contar con una futura nuera como ella. La señorita Serrano tiene un conocimiento admirable sobre el manejo médico y se nota cuánto se preocupa por Doña Estela. No se le escapa un solo detalle. Pueden ir a descansar tranquilos, ¡ella tiene todo bajo control!
El rostro de Don Severiano reflejaba una profunda angustia. No estaba de humor para halagos; su mirada seguía clavada en las puertas de la sala de reanimación.
Cuando Melisa se acercó con amabilidad para pedirle que se sentara a descansar, el anciano la hizo a un lado sin mirarla.
—¿A qué hora llega Damián?
—Ya viene en camino, abuelo, no se preocupe —respondió Melisa con dulzura—. Yo me encargo de todo aquí. Por favor, cuide su salud; no querrá que Doña Estela despierte y lo vea mal a usted también.
Perla intervino, apoyando a Melisa.
—Tiene razón, papá. Vaya a recostarse un rato. En cuanto llegue Damián, lo despertamos. Y si mamá reacciona, yo misma iré a avisarle.

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