—¿Cómo está mi abuela? —preguntó Damián directamente.
Perla, sin soltar las manos de Melisa, sonrió con alivio.
—¡Ya pasó el peligro! Gracias a Dios salió de la crisis, aunque todavía está bajo observación. Todo ha sido gracias a Melisa. Ha estado aquí apoyándonos sin descanso. A pesar del cansancio, se encargó de mover cielo y tierra, gestionando a los médicos y asegurándose de que a tu abuelo y a mí no nos faltara nada. ¡Asumió el rol que te correspondía a ti y lo hizo de maravilla!
Melisa levantó la mirada hacia Damián con modestia.
—Solo hice lo que cualquiera haría por su familia. No es nada extraordinario.
La luz roja de la sala de emergencias se apagó. Doña Estela estaba a punto de ser trasladada.
Damián se acercó y apoyó una mano en el hombro de Melisa.
—Ve a descansar. Has hecho suficiente.
Melisa no intentó hacerse la mártir; asintió obedientemente y dio un paso atrás.
Sabía perfectamente que su labor ya estaba hecha. Cuando la anciana despertara, Perla y Bárbara se encargarían de contarle lo devota que había sido durante su crisis.
¿Y Bianca?
Escondida, haciéndose la víctima.
Cuando los enfermeros empujaron la camilla hacia afuera, Doña Estela, aún bajo los efectos de la anestesia, extendió una mano temblorosa y logró atrapar la muñeca de Damián.
Él se inclinó, pensando que la anciana quería decirle algo importante.
Pero al acercarse, escuchó su frágil murmullo.
—Bianquita... mi niña Bianca... que no le pase nada a mi pequeña...
Don Severiano, que acababa de salir de la suite para ver el traslado, escuchó perfectamente cómo su esposa clamaba por Bianca.
El anciano frunció el ceño con disgusto y se dirigió a Damián.
—¿Dónde se metió esa mujer? Tu abuela está postrada en una cama de hospital por su culpa, balbuceando su nombre, ¡y ella ni siquiera tiene la decencia de venir a verla! ¡Ve a buscarla y tráela de inmediato!
Aunque Don Severiano solía discutir a menudo con su esposa, la amaba profundamente.
Jamás había mirado a otra mujer en toda su vida. Su lealtad hacia Doña Estela era absoluta.
Al verla en ese estado, sus ojos se llenaron de lágrimas de impotencia y furia.
—Perdió al bebé. Ahora está internada en otro hospital —respondió Damián, con la mirada clavada en el suelo. Su voz sonaba completamente hueca, desprovista de cualquier emoción.

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