Bianca se secó las lágrimas y le dio su palabra a Leonardo.
—Pero papá... el juicio tuyo y el de mi hermano aún dependen del bufete de abogados que trabaja para Damián.
Leonardo, que solo había llorado una vez en su vida tras la muerte de su esposa, hoy temblaba ahogado en llanto por el dolor de su hija.
Después de un largo rato, logró tranquilizarse. Buscó entre sus pertenencias y sacó un gemelo de camisa para hombre, una pieza con una piedra preciosa hecha a medida que, a simple vista, gritaba opulencia.
—Hace años, cuando saliste con tu hermano al mar en el yate para una investigación, hubo un accidente. Arriesgaste tu vida para salvar a un hombre, y él te entregó esto. Durante todo este tiempo investigué este gemelo; es extremadamente valioso, probablemente pertenezca a alguien muy poderoso. Tómalo. Si logras encontrarlo, quizás pueda devolverte el favor de haberle salvado la vida y te ayude con el caso.
Bianca miró el objeto en sus manos. El recuerdo la transportó a tres años atrás, el mismo día que había decidido renunciar a su puesto en BN Innovación para estar con Damián.
Esa madrugada, en alta mar, casi pierde la vida intentando salvar a un hombre que había caído al agua.
Antes de subirlo al barco médico, el desconocido deslizó aquel gemelo en su mano, asegurándole que algún día se lo compensaría.
Pero ella nunca buscó una recompensa, así que jamás intentó rastrearlo.
Además, era plena noche y estaba tan oscuro que no tenía idea de cómo lucía el hombre, ni mucho menos sabía su nombre.
Al notar la duda de Bianca, su padre añadió:
—Si no logras encontrarlo, véndelo para tener dinero y empezar de nuevo. No te preocupes por mí ni por tu hermano. Nosotros fallamos en proteger el patrimonio familiar; no es justo que tú, siendo tan joven, tengas que cargar con nuestro peso. Pero hay algo más que quiero pedirte.
Bianca sintió un nudo en la garganta. Su padre jamás tendría que «pedirle» nada.
Si ella no se hubiera cegado por su capricho de ir tras Damián, la familia Serrano nunca se habría ensañado con ellos.
—Dime, papá. Haré lo que me pidas.
Como si estuviera recitando su último deseo, Leonardo sacó una tarjeta bancaria.
—Esta es una cuenta privada que abrí hace tiempo. Todavía tiene cinco millones. Cuando tuvimos que cubrir el faltante para los donativos de las escuelas rurales, vendí el Anillo de Jade Imperial que dejó tu madre. Averigüé que en cinco días, la Corporación Rayan tendrá una subasta, y el anillo será una de las piezas principales.
Bianca tomó la tarjeta.
Siempre había sabido que el Anillo de Jade Imperial era una herencia valiosísima del lado materno, destinado a ser entregado al esposo de la hija.


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