Pero, para su sorpresa, Damián no respondió.
Bianca no sabía qué estaba pensando, así que decidió no torturarse más con el asunto.
En el comedor, justo cuando Bianca estaba a punto de sentarse, la señora Figueroa señaló con el dedo:
—¡Bianquita, ven, siéntate junto a tu marido!
Bianca miró a Damián. En ese momento, él estaba tomando una servilleta que le ofrecía una empleada para limpiarse las manos.
Ella bajó la mirada y se acercó. Justo cuando iba a jalar la silla, la mano de Damián se posó sobre la suya.
Como si hubiera recibido una descarga eléctrica, Bianca instintivamente intentó apartarse.
Pero Damián fue más rápido y retiró la mano antes que ella.
La abuela los miró y sonrió, luciendo muy satisfecha.
*Claro, no importa si no hay sentimientos en un matrimonio. Con el contacto constante, el amor surgirá naturalmente,* pensó la anciana.
Con una sonrisa cariñosa, miró a Bianca y luego se dirigió a Damián:
—Seguro no lo sabes, pero Bianquita vino a preguntarme especialmente cuáles eran tus gustos para complacerte. Hasta hizo una lista detallada. Todo lo que no te gusta, pero que le da buen sabor a la comida, ella lo retira cuidadosamente después de cocinar. ¡Nadie se compara a la dedicación que tiene por ti! ¡Encontrar a alguien que te ame así es una bendición que no se ve ni en cien vidas!
Sin embargo, tras descubrir la verdad sobre lo que le ocurrió a su padre, escuchar esas palabras solo le produjo a Bianca unas inmensas ganas de reírse de sí misma.
En el instante en que bajó la mirada, escuchó una burla disimulada muy cerca de su oído.
Bárbara, con una voz que solo ella podía escuchar, susurró:
—Qué arrastrada.
Bianca apretó los puños. Desde la cabecera de la mesa, la abuela exclamó:
—¡Damián! ¿Por qué no le sirves algo de comida a tu esposa? Trátala bien, de lo contrario, ¡se te va a escapar!
Apenas terminó de hablar, un camarón aterrizó en el plato de Bianca.
Ella levantó la vista. Damián había dejado los cubiertos y le respondió a su abuela con un tono gélido:


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