Doña Estela moría de ganas por darle a Bianca un cheque en blanco para que comprara todo lo que se le antojara.
¡Esa trepadora de Melisa Serrano jamás pondría un pie en la familia Figueroa mientras ella respirara!
Pero, consciente de las miradas venenosas en la habitación y temiendo echarle más leña al fuego contra Bianca, prefirió guardar silencio. Apretó la mano de la joven con fuerza y miró a Damián con severidad.
—¡Trátala como se debe!
Damián no dijo una palabra. Simplemente, frente a la mirada vigilante de la abuela, tomó la mano de Bianca.
Ella intentó soltarse por instinto, pero al recordar la fría amenaza de Damián de la noche anterior, dejó caer los hombros y cedió.
Apenas cruzaron el umbral de la habitación, Damián la soltó como si su piel quemara.
Al llegar al auto, Bianca caminó automáticamente hacia la puerta trasera.
Sabía bien que para muchas mujeres, el asiento del copiloto era exclusivo para la "pareja oficial", y no quería provocar un drama innecesario.
Damián la observó a través del espejo retrovisor, pero mantuvo los labios sellados.
Bianca lo conocía demasiado bien. Probablemente él pensaba que ella estaba haciendo un berrinche infantil, haciéndose la mártir para llamar su atención y obligarlo a rogarle que se sentara adelante.
Después de todo, a los ojos de Damián y de todos los demás, el amor que Bianca sentía no solo carecía de valor, sino que rozaba en lo patético.
Pero la realidad era otra: a Bianca ya no le importaba en absoluto.
Su única prioridad ahora era su carrera y su futuro.
Durante el trayecto, no pronunció ni una queja sobre cómo él la había abandonado a mitad de la calle, cómo le robaron el teléfono o cómo tuvo que caminar empapada bajo la tormenta.
Y a Damián, evidentemente, tampoco le importó preguntar.
Al llegar a Villa Serena, apenas cruzaron la entrada, Damián se dirigió a la ama de llaves con un tono implacable.
—A partir de hoy, vigilen a mi esposa. No tiene permitido poner un pie fuera de esta casa hasta que termine de escribir su castigo.
Bianca se congeló en el pasillo.
Tenía que escribir "obediencia" treinta mil veces. Si cumplía con esa estupidez, jamás podría presentarse a su nuevo trabajo.
No estaba dispuesta a tirar su tiempo a la basura en juegos de poder.
Reunió el poco valor que le quedaba y alzó la voz.
—Conseguí un nuevo empleo y empiezo mañana a primera hora. Si me quedo a escribir eso, perderé mi puesto...
Damián comenzó a subir las escaleras sin siquiera mirarla.
—Ese es tu problema.
Bianca sabía que él llevaba todo el día acumulando rabia contra ella.
Si se atrevía a desafiarlo, las consecuencias serían desastrosas.
Pero su matrimonio y sus sentimientos ya estaban hechos polvo. ¿Qué más tenía por perder?
—No lo voy a escribir. No tengo tiempo para esto.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Suplícame perdón: La identidad secreta de mi exesposa