A la mañana siguiente, Bianca tomó su bolso dispuesta a salir.
El ama de llaves, doña Marta, se interpuso en su camino cruzándose de brazos.
—El señor fue muy claro: hasta que no termine de escribir 'obediencia' treinta mil veces, usted no cruza esa puerta. Si tiene algún problema, vaya a reclamarle a él. ¡Nosotros solo seguimos órdenes!
Bianca sabía perfectamente que la mujer solo disfrutaba humillarla.
Miró su reloj. Ya iba tarde. No tenía energía para discutir con el personal de servicio.
Justo cuando iba a apartarla con la mano, una voz glacial resonó desde las escaleras.
—Déjala ir. A partir de hoy, ignórenla por completo.
Bianca ni siquiera se molestó en girar la cabeza.
Sabía que Damián la despreciaba y la consideraba una ilusa sin talento.
Pero eso ya no era problema suyo. Su única misión ahora era saldar sus deudas y cortar todos los lazos antes de firmar el divorcio.
Damián observó su espalda recta y decidida, y una sombra de fastidio oscureció su mirada.
Marta dio un paso adelante, tratando de sembrar veneno.
—Señor, ¿no cree que deberíamos investigar a dónde va y en qué se supone que trabaja? ¡No vaya a ser que se meta en algo turbio y usted termine teniendo que limpiar su desastre!
La mirada de Damián se volvió gélida.
—¿Acaso te hablo en otro idioma? Dije que a partir de hoy, ella dejó de existir para nosotros.
Marta bajó la cabeza de inmediato, temblando. Rara vez veía a su patrón tan furioso.
En su mente, maldijo a Bianca mil veces más.
❀
Bianca llegó tarde.
Durante el trayecto en taxi, le había enviado un mensaje a Vicente. Él le respondió que no se preocupara, que se tomara su tiempo y que él mismo hablaría con recursos humanos.
Pero Bianca no estaba allí para abusar de privilegios. Era un asunto de profesionalismo.
Al llegar a la entrada del edificio, se topó de frente con un automóvil de lujo estacionado justo en la puerta.
Era un modelo casi idéntico al que Damián guardaba en el garaje de Villa Serena.
Varias personas a su alrededor giraban la cabeza para mirar el vehículo, entre ellos algunos de sus nuevos compañeros de BN Innovación. Pero Bianca no se detuvo a pensar en ello; tenía que entrar rápido.
Apenas dio unos pasos hacia el vestíbulo, las puertas del lujoso auto se abrieron.
Y, por supuesto, no era otra que Melisa Serrano.
El hombre que había conducido personalmente para dejarla allí era Damián Figueroa.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Suplícame perdón: La identidad secreta de mi exesposa