—¡Aléjate de él! ¡No eres más que una esposa infiel!
Era Tessa. Su voz venenosa retumbó como un trueno entre ellos.
Alexis dio un paso atrás.
Y entonces, la pequeña voz de la verdad emergió.
—Tío… tía mala le dijo a Melody que se lastimara… para que tú la perdonaras. Yo la escuché —confesó la sobrina, mirando a Alexis con ojos llenos de inocencia.
El rostro de Alexis cambió por completo. La furia lo invadió. Giró hacia Sienna y la sujetó del brazo con una fuerza que hizo que ella soltara un grito.
—¡Eres una mujer sin corazón! ¡Una maldita víbora!
Y sin pensarlo, la empujó. Sienna cayó al suelo, sin poder defenderse del peso de su mentira.
Sienna lo miró, con los ojos llenos de dolor y desesperación.
—¡No es verdad! Por favor… por favor, cree en mí —suplicó, su voz temblaba, rota, apenas un susurro ante el abismo que se abría entre ellos.
Pero la mirada de Alexis no mostraba compasión. Estaba helada. Llena de rabia. De orgullo herido. De rencor.
Sienna sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. Se levantó del suelo tambaleante, aun aferrándose a la esperanza de que él escuchara a su corazón y no a sus dudas. Pero al girar la cabeza, su mirada cayó sobre Nelly, que la observaba con una expresión mezquina, fría… tan distinta a la niña dulce que había conocido.
“Igual que su madre”, pensó Sienna, con el alma encogida. Tan pequeña… y ya tan cruel. Pero no era ella la verdadera culpable. No. Era Tessa. Siempre había sido Tessa.
Y como si el destino decidiera interrumpir esa tensión insoportable, apareció el doctor, quitándose los guantes, con el rostro serio.
—¿Cómo está mi hija? —exclamó Sienna con desesperación, dando un paso hacia él.
—Está fuera de peligro. Le hicimos tres puntos, pero se recuperará bien. Tendrá que descansar, pero pronto podrá irse a casa.
Sienna soltó un suspiro tembloroso. Las lágrimas brotaron, esta vez de alivio.

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