Cuando Sienna despertó a la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba suavemente entre las cortinas, dibujando delicados rayos sobre la habitación.
Se incorporó lentamente, todavía adormilada, y escuchó los sonidos de la cocina.
Alexis estaba allí, entre el aroma cálido del café recién hecho y el chisporroteo de la sartén. Había algo en la manera en que movía las manos mientras cocinaba, un cuidado silencioso que la hizo sonreír. Se levantó, se acercó a la mesa y se sentó frente a él, sintiendo un extraño nudo en el pecho, mezcla de felicidad y miedo.
Él la miró con una sonrisa suave, y por un instante, el tiempo pareció detenerse.
No había prisa, no había palabras que curaran completamente los silencios del pasado; solo el presente, compartido en ese momento.
Comieron juntos, sus manos rozándose, de vez en cuando, un contacto ligero que enviaba corrientes de ternura por sus cuerpos.
Cada bocado era un recordatorio de que aún podían existir pequeños momentos de paz entre el caos de sus vidas.
Al terminar, Alexis se levantó y tomó su mano. Salieron al jardín, donde las flores despertaban con el amanecer. Sienna admiró las rosas, sus colores vibrantes y la fragancia que llenaba el aire.
Pero algo más pesado se asentaba en su pecho: la verdad que debía compartir, la noticia que temía pronunciar.
—Alexis… —dijo con voz apenas audible, pero suficiente para que él se detuviera y la mirara.
—¿Puedo llamarte mi amor? —preguntó él, con una mezcla de timidez y necesidad.
Sienna sonrió sin responder. Aquella sonrisa escondía la tormenta que llevaba dentro. Inspiró hondo, reuniendo valor, mientras su corazón palpitaba con fuerza.
—Alexis… van a operarme.
El hombre la miró, incrédulo, y un escalofrío recorrió su espalda.
—¿Operarte? —susurró, el miedo asomándose en cada palabra.
—Sí… —dijo Sienna, sintiendo que sus manos temblaban—. Tengo un tumor en la cabeza. Es pequeño, encapsulado… pero necesito operarme.
El color abandonó el rostro de Alexis, y un temblor recorrió su cuerpo.
Lo vio acercarse con desesperación, abrazándola con fuerza, como si temiera que el simple hecho de soltarla pudiera borrarla de su vida.
—¡No te puedo perder! —exclamó, casi llorando—. Sin ti no hay vida para mí… no puedo vivir sin ti.
Sienna apretó los labios, conteniéndose. Su hija la necesitaba, y ella debía ser fuerte, debía transmitir calma, aunque su corazón latiera con temor.
—Voy a vivir, Alexis —dijo, acariciando su rostro—. Melody me necesita.
Él la besó suavemente, buscando sellar la promesa en sus labios.
—Vas a estar bien, te lo juro —susurró.
Ella aceptó su abrazo, sintiéndose protegida, segura, aunque la incertidumbre aún flotaba en el aire del jardín. Se aferró a él con la sensación de que, mientras lo tuviera a su lado, podría enfrentar cualquier tormenta.
Pero no se dieron cuenta de que, a pocos metros, alguien los observaba. Gustavo, con los ojos inyectados en rabia, apretaba los puños con fuerza. La traición y la frustración lo consumían; cada gesto de amor entre Sienna y Alexis era una daga en su pecho.

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