Fedora la miró con rabia contenida, los ojos chispeantes de resentimiento y celos.
Su pecho se agitaba, como si el aire fuera insuficiente para contener la tormenta de emociones que la consumía.
Dio un paso hacia Orla, con la intención de acercarse, de reclamar lo que creía suyo, pero Félix se interpuso al instante, firme, irrompible.
—¡No la toques! —exclamó con voz tronante, cargada de autoridad—. No te metas con ella, Fedora.
El rostro de Fedora se tornó rojo como la brasa, la furia burbujeando en sus venas.
Sus ojos, llenos de odio, se fijaron en Orla como si quisiera atravesarla con la mirada.
—¡Ella! —gritó, con un filo venenoso en la voz—. ¡Ella te robó de mi lado! ¿Te encanta ser una roba hombres?
Orla, cansada de la arrogancia y la maldad de Fedora, no pudo contenerse más. Con un movimiento rápido y decidido, abofeteó el rostro de la mujer.
El golpe resonó con fuerza, no solo físico, sino también cargado de justicia y liberación.
Fedora parpadeó, sorprendida, su rostro marcando el impacto, pero la rabia en sus ojos solo se intensificó.
Cuando levantó la mano para devolver el golpe, Félix la sujetó con firmeza, impidiendo que su impulso dañino se consumara.
—¡No la toques! —repitió Félix, con una calma que parecía más peligrosa que su primera explosión de ira—. Porque ella es la mujer que amo, ¿entiendes? Yo no tengo nada contigo. ¡Vete!
Orla lo miró, sorprendida por la claridad y determinación en sus palabras. Había esperado que dijera algo así, pero verlo de frente, con esa intensidad, le hizo sentir una fuerza renovada, un poder de protección que la envolvía y la hacía sentirse invencible.
En ese instante, Eugenio apareció, sus pasos firmes resonando en el pasillo. Llamó a los guardias con voz autoritaria.
—¡Saquen a esta mujer de aquí! —ordenó, con una severidad que no admitía discusión—. No quiero verla más.
Fedora gritó, desesperada, intentando argumentar, suplicar, pero la fuerza de la autoridad y el respaldo familiar la arrastraron fuera de la casa, mientras sus gritos se mezclaban con el sonido de las puertas, cerrándose detrás de ella.
Orla respiró hondo, sintiendo cómo la tensión se disipaba poco a poco.
Félix se acercó, su presencia cálida y firme como un ancla en medio de la tormenta.
—Orla, por favor, escúchame —dijo, suavizando la voz.
Ella levantó la vista, sus ojos buscando los de él, y encontró algo que no esperaba: no era solo protección lo que veía, sino un atisbo de cariño, de reconocimiento por su valentía.
—Orla, creo que has logrado ganar el corazón de mi hijo —dijo Eugenio con una sonrisa, acercándose con paso calmado, poniendo una mano sobre el hombro de la mujer.
Orla sonrió ante sus palabras, una sensación de alivio y pertenencia se mezclaba en su pecho, suavizando la adrenalina de la confrontación.
Pero justo en ese momento, un grito desgarrador cortó el aire, arrancando cualquier vestigio de tranquilidad.
Al entrar a la casa, encontraron a Sienna en el suelo, convulsionando, mientras las niñas gritaban asustadas.
La escena era de pesadilla: el pánico se apoderó de todos, el corazón de Félix latía con fuerza.
***
En el hospital, Sienna fue llevada rápidamente a la sala de emergencias.
Alexis no tardó en llegar, desesperado, con la respiración agitada y las manos temblorosas.
—¡¿Cómo está?! —exclamó—. ¡Por favor, díganme!

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