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Suplicando tu perdón romance Capítulo 128

Orla bajó del auto con una sonrisa radiante, como si todo en su mundo estuviera en calma, aunque en el fondo ardía una tormenta que nadie podía percibir.

Sus pasos eran firmes, calculados, y su mirada recorría la sala con una mezcla de serenidad y determinación.

Félix, al verla, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su corazón se aceleró, su respiración se volvió corta; deseaba correr hacia ella, abrazarla, confesarle todo lo que sentía, pero algo dentro de él le pidió cautela.

Se contuvo, aunque sus ojos delataban la urgencia de su deseo.

Orla sostenía entre sus manos una caja de regalo, rectangular, envuelta con cuidado.

Sus dedos la apretaban con fuerza contenida, un gesto casi imperceptible que hablaba más de lo que su sonrisa dejaba ver.

—Volví del viaje —dijo con voz suave, pero firme—. Fue maravilloso.

Todos los presentes se iluminaron con su regreso.

Sus amigos y familiares compartieron sonrisas, abrazos y saludos, pero Sienna la observaba con atención. Sus ojos se suavizaron, pero no pudo ocultar la preocupación.

—Orla, bajaste de peso… ¿Todo está bien? —preguntó, con tono de preocupación sincera, de por sí Orla siempre fue delgada, pero ahora más y eso la sorprendió

Orla asintió, y su sonrisa se amplió, aunque parecía un poco ensayada.

—Todo está muy bien —respondió—. Y me alegro tanto de que tú y mi hermano finalmente estén juntos, que hayan dejado atrás el dolor. Ustedes no merecían tanto sufrimiento, porque he visto su amor… y es el único que debe sobrevivir.

Sienna, conmovida, la abrazó.

La calidez del gesto pareció atravesar la fachada de Orla, aunque solo por un instante.

La tensión entre ella y Félix era palpable, pero el momento parecía brindar un respiro, una pausa en la tormenta que se cernía sobre todos.

Se sentaron a comer. La mesa estaba impecablemente preparada, con velas y flores frescas que llenaban el ambiente de un aire festivo y familiar.

Todo parecía tranquilo.

Orla fingía una calma absoluta; por un instante, Félix sintió algo de alivio, una pequeña esperanza de que quizá todo podría volver a ser como antes. Intentó deslizar su mano bajo la mesa, buscando el contacto de Orla, una señal de reconciliación.

Pero ella apartó suavemente su mano, y un frío presentimiento se apoderó de él.

Su corazón dio un vuelco, como si una alerta silenciosa le anunciara que algo estaba a punto de cambiar, de romperse de manera irreversible.

La fiesta continuó.

Los amigos de Félix llegaron, llenando la casa con risas, conversaciones y brindis.

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