En el hospital
El eco de los pasos resonaba en los pasillos del hospital, un sonido seco que parecía amplificar la angustia que consumía a Orla.
Caminaba de un lado a otro como un animal acorralado, con el corazón, golpeándole el pecho y las manos temblorosas.
No lograba encontrar aire suficiente para calmarse. Cada movimiento la hacía sentir que el suelo podía hundirse bajo sus pies.
Sienna, que la observaba con una mezcla de preocupación y ternura, no soportó más verla consumirse.
La tomó con firmeza de la mano y la obligó a detenerse. Sus ojos, tan parecidos a los de su hermano, se clavaron en los de Orla.
—Orla, por favor… habla conmigo —dijo en voz baja, pero con la urgencia de quien ya no tolera el silencio—. ¿Por qué quieres divorciarte de mi hermano? ¿Qué daño tan grande te hizo?
Los ojos de Orla brillaron de inmediato, llenos de lágrimas contenidas, como si esas preguntas hubieran derrumbado la última muralla de resistencia que intentaba sostener.
Apenas podía respirar. Su garganta se cerraba con cada palabra que no se atrevía a pronunciar.
Se llevó la mano al vientre, ese vientre que ardía de dolor y que le recordaba la herida más cruel de todas.
Sienna sintió un escalofrío recorrerle la piel.
Tocó el brazo de su cuñada y enseguida percibió el calor anormal que desprendía su cuerpo. Una fiebre abrasadora la consumía.
—Dios mío, Orla, estás ardiendo en fiebre… —susurró, aterrada, y sin darle oportunidad de protestar, la sujetó del brazo con firmeza y la condujo hacia la sala de urgencias—. ¡Quieras o no, deben atenderte!
Orla intentó resistirse, pero apenas podía mantenerse en pie. Cada paso le arrancaba un gemido bajo de dolor, y al llegar frente a la doctora sus fuerzas se desplomaron.
La médica, tras revisarla con rapidez y precisión, frunció el ceño con gravedad. Le recetó medicamentos inmediatos y ordenó reposo absoluto.
—Por el aborto reciente, puede estar desarrollando una infección —dijo sin rodeos.
El mundo se detuvo.
—¿Aborto? —repitió Sienna, atónita, incapaz de ocultar la incredulidad en su voz.
Orla bajó la mirada.
No intentó defenderse ni inventar una mentira.
Ya no le quedaban fuerzas para ocultar la verdad.
Se sintió desnuda, expuesta, como si aquella palabra fuera un cuchillo que abría de golpe una herida secreta que había tratado de esconder a todos.
La doctora le administró un antibiótico potente, y poco a poco el dolor se suavizó. Pero la herida emocional, esa, ardía más que la fiebre misma.
Orla giró el rostro hacia Sienna, sus labios temblaban.
—Sienna… quiero pedirte un favor —dijo con voz apagada—. Esta vez no como tu cuñada, sino como amiga.
Sienna, conmovida hasta los huesos, apretó su mano. Sus ojos se suavizaron, comprendiendo que lo que estaba por escuchar pesaba demasiado.
—Te escucho —susurró, y asintió con ternura.
—No le digas nada a tu hermano. Júramelo, nunca le digas nada a Félix.
Sienna abrió los labios, pero el aire se le escapó. Sintió que su pecho se contraía, como si le arrancaran el aliento.
—Orla… ¿Qué está pasando? —preguntó con la voz rota.
Orla tragó saliva. La verdad era un veneno, pero ya no podía seguir escondiéndolo.

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