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Suplicando tu perdón romance Capítulo 130

—¡Tanto que has insultado a Alexis, pero te convertiste en lo que él fue! —la voz de Sienna retumbó en el pasillo del hospital, cargada de rabia contenida.

—¡Sienna, soy tu hermano! —replicó Félix, con desesperación, como si ese lazo de sangre fuera suficiente para justificarlo.

—Y no por eso voy a defenderte —respondió ella, con los ojos encendidos como brasas—. Menos aún cuando vi las lágrimas de una mujer derramarse por tu causa. Me avergüenzo de ti, Félix. Si eres hombre, lo mínimo que harás es dejarla ir.

Sienna se alejó con pasos firmes, y aunque su espalda ya no lo miraba, el fuego de su mirada seguía quemando en el aire.

Félix quedó ahí, clavado en el pasillo, con el corazón, martillándole el pecho y el alma hecha pedazos.

Nunca imaginó que su hermana lo enfrentaría de esa manera, nunca pensó que sería ella quien lo desnudara con palabras tan duras.

Por un instante quiso gritarle que lo entendiera, que todo había sido un error, pero no salieron palabras. Solo silencio.

Se obligó a avanzar. Con cada paso hacia la habitación, sentía que sus pies pesaban como plomo. Y entonces la vio.

Orla.

Estaba recostada en la camilla, con los ojos cerrados y el cuerpo tembloroso. Parecía tan frágil que cualquier roce podría quebrarla.

La imagen lo golpeó con una fuerza que le arrancó el aire. El dolor se apoderó de él al verla así, marchita, como si todo lo que había sido vital en ella estuviera escapando de a poco.

Se acercó despacio, temeroso de que al tocarla desapareciera.

—Orla… —susurró con voz débil, tomando su mano con cuidado.

Ella abrió los ojos lentamente, y en cuanto lo miró, la dureza reemplazó cualquier atisbo de debilidad.

—¿Qué quieres? —preguntó con frialdad, como si cada palabra fuera un muro más entre ellos.

—Perdóname, por favor. No me dejes.

Orla apartó su mano de un tirón.

—¡Quiero el divorcio, Félix! —su voz tembló, no de miedo, sino de rabia y dolor—. Si alguna vez te quise, todo murió esa noche, cuando me acusaste.

Él sintió un vacío abrirse en su interior.

—Orla, te creo —dijo con apremio—. Sé que no lo hiciste a propósito.

Los ojos de ella se encendieron como cuchillas.

—¡No hice nada! —gritó con el alma rota—. Pero me creíste culpable, y además… ¡Me ocultaste el embarazo de ella!

Félix quiso defenderse, quiso estirar las manos como quien suplica oxígeno.

—Escúchame, sobre eso… Yo no estaba seguro de que era mi hijo. Esperaba la prueba de ADN. Cuando la tuviera, iba a decírtelo. No quería hablar antes, porque si no era mío…

La bofetada de Orla lo interrumpió.

Fue débil, porque ya no tenía fuerzas, pero aun así él cerró los ojos, como si ese golpe hubiera sido un castigo divino. Su rostro se arrugó de dolor.

—¿Eso es la confianza para ti? —escupió ella—. Si me lo hubieras dicho una sola vez, tal vez todo sería diferente. Pero ahora ya no creo en ti.

Él intentó tomar su mano otra vez, se inclinó para besarla, pero ella lo empujó con repulsión.

—Félix… ahora te estoy odiando. Por favor, déjame sola.

El hombre bajó la mirada. Sintió que sus rodillas podían quebrarse.

—Orla, me enamoré de ti… Te amo. Por favor, perdóname. Fallé, es cierto, pero… estaba asustado.

Ella lo miró con un desprecio helado.

—¡Nada te justifica! —susurró con voz fría como la muerte—. Me rompiste, Félix. Mataste algo en mí que nunca volverá.

En su interior, un pensamiento desgarrador la consumía. «No merece saber de ti, mi amado bebé… Él nunca te amó».

***

En otro pasillo del hospital, Alexis temblaba. Sus ojos eran un espejo de su miedo, y su cuerpo entero parecía a punto de desplomarse.

Sienna, que lo veía tan vulnerable, lo abrazó con fuerza. Ese gesto fue un bálsamo en medio de la tormenta.

El doctor apareció con rostro serio.

—¿Cómo está mi madre? —preguntó Alexis, desesperado.

—Su madre tiene un aneurisma. Ya lo tenía desde antes, pero ha empeorado sin que se diera cuenta.

Alexis retrocedió un paso, como si la noticia lo hubiera empujado contra un muro invisible.

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